03 abril 2021

Mentir en política

Acabo de oír por la radio dos secuencias de declaraciones de políticos de colores diferentes con un nexo: la mentira. Sólo citaré una de ellas: Grande-Marlaska en el asunto del cese de Pérez de los Cobos. Sus declaraciones van cambiando, a veces sutilmente, otras no tanto, según se destapaba información que comprometía las anteriores. Estoy seguro de que en cada país se pueden encontrar ejemplos locales que replican lo mismo. 

Eso me ha hecho recordar el librito de Sam Harris “Mentir” donde desgrana los argumentos que hacen que mentir no sea la mejor opción en casi ninguna circunstancia (creo recordar que él defiende que en ninguna).

Y ambas cosas me han hecho reconocer que la mentira en la política (y en más ámbitos, pero hoy hablo concretamente de esto) tiene más consecuencias que la mera exposición pública de que alguien nos ha querido engañar. Voy a intentar enumerarlas para comprender mi propia desolación. 

Cuando alguien nos miente está afirmando un hecho falso con intención de engañarnos y lo está haciendo con consciencia y con intención. Las consecuencias de una mentira son, o deberían ser, de cierta importancia. La primera es la pérdida de confianza: esa persona ha demostrado que no es de fiar y si ha querido engañarnos una vez, no podemos asegurar que sea la única y que en el pasado y en el futuro esa conducta e intención sean otras. Ya solo con esto, esa persona deja de ser un referente y se convierte en un escombro, una sombra que, no sólo no nos vale para nada, sino que debemos eliminar, siempre con esfuerzo por nuestra parte, del paisaje político en cuando a promesas, programas, declaraciones y confianza. Nada en lo que él intervenga será fiable, nada quedará limpio cuando hable de ello, nada podemos creer si pasa por sus manos porque él mismo se ha encargado de destruir la confianza que podríamos haberle concedido a priori como regalo, ahora dilapidado.

Otras reacciones son posibles, claro, especialmente en política. La más común es la justificación, que muchas veces acaba recurriendo a la causa mayor: en efecto, ha mentido, pero lo hacía por una buena razón o para salvaguardarnos de un mal mayor. No voy a entrar hoy en la repugnancia que me provocan los “fans” que acuden sistemáticamente a este tipo de argumento. Sólo diré que si el político ha destruido la confianza, el “fan” dinamita su propia credibilidad personal al hacer patente que prefiere que nos engañen a que nos cuenten la verdad. Con ello deja claro que él mismo mentiría sin problema renunciando voluntaria y púbicamente a su honradez e integridad, algo de lo que los demás deberíamos tomar nota por si en un futuro nuestros caminos se cruzan en cualquier ámbito, personal o profesional incluidos.

Pero el problema, lamentablemente, no se limita a la destrucción de la confianza en el individuo pillado en falta. Cuando un político miente, lo más frecuente es que en su propio partido se le proteja, se juegue con nuevos engaños para intentar camuflar o atenuar la mentira original. La bola de nieve crece según más políticos se añaden al alud, mienten a su vez y usan un “argumentario” construido para reducir la realidad a términos más beneficiosos para su color, simples de asimilar e intencionalmente sesgados para ocultar lo que evidencia la mentira. Hay intención de confundir, de ofuscar, de impedir la libertad de análisis de la ciudadanía ocultándole información o dándola tan distorsionada que resulta perniciosa.

Cuando esta conducta se generaliza a todos los partidos, las mentiras acumuladas forman tramas complejas, en constante colisión entre ellas, y las consecuencias suben un nivel más: no solo la confianza se socava definitivamente a nivel global (personas y partidos) sino que obliga a los ciudadanos a un inmenso esfuerzo para intentar atisbar la verdad detrás de todas las “realidades alternativas” que se han ido formando con la bola de nieve infinita que una mentira libera. 

En este estadio, ya no es fácil distinguir qué debemos usar como dato y qué debemos descartar, la falsedad se hace tan común que oculta y degrada la información veraz ¿quién nos garantiza la veracidad si la mentira se ha hecho herramienta común para llegar a fines partidistas, para manipular a los ciudadanos a beneficio de un color? La honradez se compromete, no sólo a nivel del mentiroso, sino que éste y sus secuaces consiguen que la duda se extienda a todo el escenario político que se convierte en un mal sueño ¿quién querría vivir en un decorado donde no sólo sabes que hay una gran proporción de falsedad, sino que, además, no puedes reconocer la verdad?

Como dije antes, las consecuencias a nivel social son demoledoras: el ciudadano no fanatizado puede seguir con su ideología personal pero descree del sistema para llevarla adelante, no confía en los “representantes” ya que la mentira usada y aceptada como herramienta política ha destruido esa confianza. Todo el sistema en el que debería basarse una democracia se tambalea y la unión de la sociedad con la política, que es el fundamento de una sociedad avanzada, desaparece. La mentira ha traído la desolación que, como en La historia interminable, nos oscurece el mundo poco a poco.


19 abril 2020

La necesidad de la cultura en los tiempos de las redes sociales

Recuerdo cuando hice el servicio militar que choqué (a la fuerza ahorcan) con una realidad que desconocía. Yo venía del norte, con educación universitaria y un círculo de colegas y amigos del mismo pelaje. Al llegar a Cáceres a finales de 1980, me encontré con que un porcentaje nada despreciable de los reclutas no sabían leer ni escribir y alguno ni siquiera contar. Era una España que no conocía y que yo creía que no existía o que, al menos, era solo marginal.
 Han pasado cuarenta años, la escolarización de los niños es obligatoria desde hace mucho y en la práctica casi universal y el analfabetismo es realmente marginal entre la población joven o adulta joven.
Han pasado, en efecto, cuarenta años...
Probablemente sigo viviendo en un ambiente no muy representativo pero, a falta de mili, las redes sociales son la nueva ventana a la realidad de la sociedad. La conclusión a la que llego no es optimista; nadie es analfabeto (salvajes faltas de ortografía aparte) pero eso destapa el nuevo reto: la cultura.
La lectura de cientos de tuits o de entradas en Facebook muestra que necesitamos avanzar urgente e intensamente hacia el objetivo de ser algo cultos. No hace falta complicarse mucho la vida, bastaría comenzar con leer asiduamente (vale novela negra, no hay problema) y con seleccionar un poco lo que vemos por la televisión y, conseguido esto, abordar la gran ausente: la cultura científica.
La cultura científica no es saber de todo y en profundidad, no hace falta saber qué es un trasposón o un alelo, tampoco una trasformada de Fourier o el determinante de una matriz. Tener cultura científica es adquirir unas nociones bien asentadas sobre las cuestiones fundamentales de la ciencia actual: la diferencia entre una bacteria y un virus es comprensible, conocer algo sobre la historia de los humanos en los últimos dos millones de años se puede conseguir en una hora de lectura de la Wikipedia, saber qué es la famosa PCR tan de moda hoy es, no solo fácil, sino apasionante por su improbable y alucinógena historia...
La ausencia de cultura científica es la causa, aparte de algunos casos de mala fe, de muchas barbaridades que se están difundiendo alegremente por las redes y que hacen sospechar que de lo poco que podríamos recordar de física y de biología de la enseñanza obligatoria, no queda nada, ni siquiera el sentido de la prudencia a la hora de abrir la boca o aporrear un teclado.
¿Cómo empezar? Se me ocurre que una opción sencilla y eficaz es leyendo "Una breve historia de casi todo" de Bill Bryson. Cada capítulo toca un tema diferente y como el autor es periodista, se planteó como objetivo entender lo que escribía para poder a su vez explicarlo con claridad a un público no especialista. Yo disfruté enormemente con el talento de Bryson y recordé y aprendí mucho con ese libro.
Conste, para terminar, que todos cojeamos, nadie es hoy un "hombre del Renacimiento" pero deberíamos intentar cada día acercarnos un poco a manejarnos con algo de solvencia en historia, artes y ciencias. Eso sí es un objetivo vital, aparte del básico de sobrevivir, que es lo primero, obviamente. 

Relacionado: De tramas, educación y supervivencia.



13 octubre 2019

Poster: "Izquierda y derecha"

Hace un tiempo encontré un cartel donde se esquematizaban las diferencias entre las posiciones políticas de izquierda y de derecha. Lamentablemente, estaba hecho a media de los EE.UU. y sus partidos dominantes (Demócrata y Republicano) con lo que era poco exportable a Europa.
Por aquello de mi tendencia a hacer amigos los fines de semana, me decidí a elaborar uno con visión eurocéntrica, donde hay una riqueza y xperiencia algo más amplia que en los EE.UU. En el exótico caso de que le interese a alguien, es posible descargarlo en el enlace de abajo en PDF y en la imagen en JPG. En el cartel explico lo siguiente: 
"La ideología política se configura a partir de dos componentes básicos: cuál es el objetivo final (la utopía, la sociedad ideal que se desearía) y cuál es el camino para llegar a ella (una estructura de estrategias sectoriales). Estos dos componentes pueden tomar forma mediante una combinatoria de variables casi ilimitada, lo que supone una cantidad de ideologías teóricamente enorme. En la práctica, intentamos reducir esa multidimensionalidad a unos pocos ejes que den cuenta de la mayor parte posible de la diversidad. El eje izquierda-derecha es posiblemente el más explicativo aunque, al ser una reducción, no puede dar cabida a todas las variantes ideológicas. Las características mostradas son tendencias generales derivadas de los comportamientos históricos en el pasado reciente y están centradas en Europa. Lógicamente, hay casos cuya combinatoria no encaja bien con este esquema; aún así, creo que una gran parte de los movimientos actuales no marginales encuentra su sitio en este modelo".
Descargar PDF en https://www.dropbox.com/s/ehoqlra0w04opfs/left_right.pdf?dl=0


13 enero 2019

Falsa modestia

Me disgusta la afirmación "en la ciencia todo es provisional y puede ser descartado mañana" o "en la ciencia no hay ningún conocimiento permanente, todo está en perpetua revisión". Siendo muy estrictos, ambas frases son correctas pero hay un problema que no debe confundirnos: dan la impresión de que todo conocimiento es igualmente precario, que todo puede ser descartado con igual probabilidad y que, consecuentemente, las afirmaciones que se hacen desde la ciencia son poco menos que improvisaciones cuya certeza es imposible valorar. Y claro, eso no es verdad.
La ciencia tiene un objetivo básico: comprender el mundo. La forma de hacerlo es aumentar el conocimiento recogiendo datos, observando hechos y estableciendo relaciones entre ellos. Este proceso permite construir modelos que, a su vez, permiten explicar y, deseablemente, predecir la realidad.
La idea de que toda construcción científica es provisional se plantea porque es probable que un modelo que hemos construido hoy sea insuficiente en el futuro o sea mejorado según sepamos más cosas. Este proceso lleva a cambios en los modelos que van, progresivamente, ajustándose mejor a la realidad. La teoría de la gravedad de Newton es un buen ejemplo: funciona perfectamente en ciertos escenarios pero ha sido perfeccionada con el descubrimiento de la relatividad y hoy los satélites no estarían en órbita sin usar modelos que incorporen efectos relativistas. Eso no significa que la teoría de Newton fuera falsa sino perfeccionable y de hecho puede usarse en muchos casos donde variables del sistema, como la velocidad, están dentro de ciertos rangos.
El hecho es que nuestro conocimiento de mundo va mejorando según la ciencia avanza. A veces descartaremos hipótesis, otras las confirmaremos y en muchísimas ocasiones lo que haremos será modificar su valor de verosimilitud o probabilidad de certeza.
En este marco, cuando se menciona lo de la "permanente revisión" del conocimiento, podemos asegurar que, aunque eso sea formalmente cierto, hay una enorme cantidad de conocimiento que está consolidado y comprobado de forma que su verosimilitud es indistinguible del 100%. Ese conocimiento no va a cambiar; por poner un ejemplo simple: la Tierra es esférica, no plana, y eso es inmutable con una probabilidad indistinguible del 100%.

La Tierra plana (Trekky0623 at English Wikipedia, via Wikimedia Commons).
Hay casos diferentes, claro. Si planteamos como hipótesis la existencia de vida extraterrestre, hay pocos científicos que nieguen su posibilidad, pero en realidad no tenemos ni idea de si existe o no. Aquí si se aplica con claridad la idea de que mañana todo puede cambiar porque no hay conocimiento consolidado que podamos usar para asignar un valor de verosimilitud a la hipótesis. Sin embargo, una buena parte del conocimiento actual está verificado y puede considerarse parcial (no lo conocemos todo de todo) pero seguro.
En conclusión: disiento con las frases entrecomilladas del comienzo a pesar de haber sido planteadas por científicos de buen nivel. En ciencia no todo es provisional y no todo corre el riesgo de ser descartado mañana (o la probabilidad de que eso ocurra es mínima). Hay mucho conocimiento que podemos considerar permanente y, aunque todo está en perpetua revisión, no lo está porque aún haya una duda razonable sobre su certeza, sino porque se aplica día a día en miles de modelos y procesos en ciencia a ingeniería. No demos armas a los postmodernos, el conocimiento científico no es relativo y dependiente de una u otra cultura, los hechos verificados no van a cambiar y los modelos, más que falsos, son perfeccionables: las vacunas y la pasteurización van a seguir funcionando y mañana no vamos a encontrar que la fisiología detrás de ellas es falsa; si salimos por la ventana del cuarto piso, la gravedad va a darnos un disgusto por muy exquisitamente revisionistas que nos pongamos.

11 noviembre 2018

Fake news y responsabilidad

Somos maestros en descargar nuestra responsabilidad en otros. Leo que se pide a Facebook y a Twitter que diferencien las publicaciones falsas de las ciertas y que borren las primeras. No puedo entenderlo, no solo porque la línea que separa la verdad de la falsedad es frecuentemente difícil de trazar, sino porque si lo hicieran tardaríamos diez segundos en acusar a estas empresas de ejercer la censura.
Va siendo hora de aceptar que la responsabilidad no es del medio sino nuestra. Obviamente, la parte principal recae sobre el que genera la "noticia" pero sería irrelevante si no hubiera una multitud entusiasta que la comparte y reenvía elevándola del gris montón que compone en 99.9% de las publicaciones dándole, ya de paso, cierta aura de certeza.
Creo que hay dos tipos principales de "replicadores" de la falsedad: los incondicionales y los ignorantes. Cuando hablo de replicadores no me refiero a que de vez en cuando caigamos en el engaño y le demos al botón erróneo, ya que todos hemos caido alguna vez en eso. Me refiero a aquellos que lo hacen con reiteración, a los que ves que, día tras día, promueven aquello que debería hacer sido ignorado, cuando no despreciado.


El primer grupo, los incondicionales, son aquellos que difunden la falsedad solo porque confirma sus creencias o porque sirve a sus intereses. Hay subgrupos, claro. Desde los que se lo creen todo sin la más mínima reflexión, hasta los que justifican la mentira porque contribuye a un imaginado bien mayor que, casualmente, coincide con los objetivos de su ideología (en sentido amplio, no sólo ideología política). En el fondo, todos comparten una propiedad común: la verdad no les importa demasiado si la mentira arrima el ascua a su sardina, su sacrificio es un efecto colateral.
El segundo grupo, los ignorantes, nos incluye a todos los demás aunque, lógicamente, en grados diversos. Todos ignoramos más de lo que conocemos por lo que separar lo cierto de lo falso no es siempre una tarea fácil. Por ese motivo, si algo nos llama la atención o nos asombra, tendemos a compartirlo y amplificarlo sin demasiada reflexión, incluso atendiendo sólo a los titulares. Lo que distingue a un extremo del eje de la ignorancia del otro son dos factores: el sentido crítico y la vagancia. El primero es nuestra única defensa contra la falsedad y se desarrolla con la educación: cuanto más sepas de historia, de política, de ciencia... más difícil será engañarte. Lamentablemente, educarse es trabajoso porque hay que leer, analizar, procesar la información, sintetizar y, en definitiva, ir construyendo un entramado congnitivo que soporte nuestros juicios dándoles solidez. Es tarea de toda la vida y, claro, es más fácil consumir juicios precocinados que construir los propios. Aquí interviene el segundo factor, la vagancia. Aunque no lo sepamos todo, hoy lo tenemos a nuestro alcance en internet. La mayoría de las noticias falsas se desmontan en un par de minutos si nos molestamos en buscar información complementaria.
El perfecto difusor de noticias falsas auna la vagancia con la indiferencia por la verdad y consigue como resultado que la mentira avance, que los indeseables que la generan triunfen y que el conocimiento se vaya perdiendo poco a poco entre un ruido que lo hace más difícilmente alcanzable.
Por eso pienso que los docentes tenemos una tarea añadida a enseñar materias concretas: convencernos y convencer de que sólo el sentido crítico, apoyado en una sólida base de conocimientos, hará que la sociedad avance.

27 mayo 2018

Incoherencia

Acabo de escuchar un debate en la radio sobre incoherencia y se me ha ocurrido improvisar cuatro líneas al respecto. Por adelantar mi primera conclusión, aunque parezca extraño, creo que hay muy poca gente incoherente, si es que la hay.
Ya comenté en otro momento que tenemos un gran banco de datos en nuestro cerebro fruto de la experiencia, la reflexión (poca o mucha, da igual) y la lectura o el estudio, entre otras cosas. Este banco de datos no son sólo hechos, sino también reglas, modelos, hipótesis... Tener esta herramienta nos permite tomar decisiones valorando múltiples factores y múltiples objetivos simultáneamente. Nuestra vida transcurre así, tomando decisiones de forma continua ante lo que nos pasa día a día. Si llamamos coherencia a aceptar y actuar de acuerdo con esas decisiones, que consideramos las mejores, considero casi imposible que resolvamos hacer algo que no creamos lo más adecuado, es decir, somos coherentes.
El problema viene, creo, de que confundimos la coherencia con observar reglas inmutables que deben respetarse con independencia de las circunstancias. Yo creo que el concepto puede abordarse de forma diferente.


Un ejemplo clásico es el médico que, mientras fuma, te dice que fumar es malo. Eso, para mí, no es incoherencia. En efecto, él te está dando una información correcta de acuerdo con lo que sabe pero, sin embargo, parece no aplicarse a sí mismo. ¿Cuál es la explicación? Creo que lo que pasa es que el médico, a la hora de decidir sobre fumar o no fumar, ha tomado una decisión basada en varios factores, no sólo en su salud (las decisiones rara vez son unifactoriales). Los otros pueden ser el placer que le da fumar y la dificultad que le supondría superar la adicción, por ejemplo. Otro factor, esta vez en contra, podría ser el coste económico de fumar. Ante estos factores, decide que, al menos por el momento, seguirá fumando. No ignora el daño a largo plazo, por supuesto, pero valora más el beneficio (placer) a corto. Advertirte a ti del peligro es su forma de introducir ese factor en tu sistema de decisión para que luego llegues a tu conclusión, la que sea, con la información adecuada (es también su obligación como profesional). Él ha tomado la suya y si ha valorado y ponderado los factores (aunque sea erróneamente), esa decisión es coherente.
Otro ejemplo es que yo defiendo respetar los límites de velocidad en la carretera. Y claro, no sólo lo defiendo, sino que lo creo, y como soy coherente, circulo siempre dentro de esos límites. Eso no fue obstáculo para que un día, hace un par de años, fuera a Sevilla superando holgadamente los 120 km/h de la autopista. ¿Qué pasó? Pues que nos retuvo un atasco a la salida de Mérida durante casi media hora y teníamos que llegar a un examen. Aquí el sistema de toma de decisiones usó las circunstancias del momento, no habituales, y el llegar a tiempo pesó más que los límites establecidos (y que yo, insisto, respeto porque creo que debo hacerlo).
En consecuencia: coherencia no es hacer siempre lo mismo, en toda circunstancia, sino hacer lo que consideras adecuado o "bueno" en función de los escenarios o circunstancias. Eso, obviamente, puede llevar a actuar de formas diferentes pero no necesariamente incoherentes. Respetar la velocidad será habitualmente lo que haga porque en circunstancias normales creo que es lo adecuado, pero eso no quita para que haya excepciones y ahí lo coherente, porque lo ves como opción idónea, sea llegar al examen.
Otro problema en esta discusión es que comúnmente y por error o mala interpretación, llamamos incoherencia a algo que no lo es.
El caso de Pablo Iglesias es de lo más comentado esta temporada: tras criticar en el año 2012 la compra de una propiedad por parte de Luis de Guindos (dice su tuit "¿entregarías la política económica de un país a quien se gasta 600.000 € en un ático de lujo?"), él hace algo similar en el 2018. Esto, en mi opinión, no manifiesta incoherencia sino falsedad, que es algo bastante diferente. Todo apunta que el tuit transmite un mensaje ideológico que realmente él no asume: lo escribió con el objetivo de vapulear a un personaje de un partido diferente y ganar crédito entre los que se podían sentir identificados con una posición ideológica en la que él no se integra. Obsérvese que yo no hablo sobre la ética de las compras, sino sobre las declaraciones hechas públicamente con suposición de veracidad.
Por no centrarme sólo en este ejemplo, ahora estamos asistiendo a las fintas y contorsiones que casi todos los partidos hacen para apuntarse o no a la moción de censura que presenta el PSOE contra el PP. ¿Son incoherentes los partidos que no se apuntan a pesar de autodefinirse en contra de la corrupción? Estoy seguro de que no, de que lo que pasa es que ese factor pesa muy poco en la estrategia de los partidos. Queda bien su mención porque la gente está sensibilizada con el tema de la corrupción y sería perjudicial no subirse al carro de la virtud, pero hay otro factor muy por encima de ese: la conveniencia política en cada momento. Hay partidos que prefieren mantener este gobierno durante un tiempo porque consideran que eso será beneficioso para ellos a medio plazo y ese, al final, es el bien mayor desde su punto de vista y desde su sistema de decisión. Es decir, falsedad (a la hora de criticar la corrupción de forma absoluta y sin matices) más que incoherencia, mensajes rotundos (porque venden) a sabiendas de que habrá que obviarlos cuando se presente un escenario donde el objetivo entra en contradicción con las declaraciones de moralidad.
Como resumen, tres conclusiones: 1) la incoherencia "privada" (de nosotros con nosotros mismos) no existe o es rarísima, 2) la aparente incoherencia "pública" (declaraciones dirigidas a los demás) suele ser, más bien, un indicador de falsedad y de mentira y 3) el pecado no es su incoherencia, es nuestra credulidad.

04 marzo 2018

El arte como creación de escenarios

Hace unos meses escuché una entrevista con un escritor de ciencia ficción. Nada memorable en general, pero hubo un par de frases que me llamaron la atención. Más o menos, decía que había pasado de escribir novela convencional a novela de ciencia ficción cuando se dio cuenta que en la primera podía crear personajes, inmersos en un mundo similar al real, pero que en la segunda podía crear universos, gigantescos escenarios donde nada tenía que someterse a lo que ocurre en nuestras vidas reales.
Toda creación humana que pueda ser considerada como "arte" no es más (ni menos) que la construcción de un escenario. En este contexto, un escenario es un modelo más o menos parecido a la realidad con unas referencias que nos orientan para su interpretación. Ese escenario, como modelo, es una simplificación donde sólo cabe contemplar unas pocas variables; el famoso comienzo de “Cien años de soledad” nos sitúa en un escenario donde las principales claves se dan explícitamente en las primeras frases. Luego, algunas partes de ese escenario se detallan y evolucionan mientras que otras se quedan de fondo, dando atmósfera a la narrativa, sin entrar en pormenores innecesarios que puedan distraer de lo fundamental.

Contrastes, enfrentamiento cromático, proporciones... un escenario creado por Alfredo Oliva en https://eyeshotstreetphotography.com/alfredo-oliva/
Creo que uno de los dos principales factores para apreciar la calidad del arte es, precisamente, la habilidad para crear ese escenario, eliminando lo accesorio, mostrando los factores necesarios para permitir que el objetivo general del arte se cumpla: que el observador se meta en el escenario y con ello, se despierten sus reacciones (personales y a veces únicas) a una situación expresamente construida para ello. Los escenarios se construyen llamando a todos los sentidos, a veces aislados, como en la música, que se escucha, o en la pintura y fotografía, que se ven. Otras veces, como en el cine, las herramientas son más abundantes.
La literatura fue históricamente la faceta del arte donde era más inmediato integrarse en el escenario ya que se describe con el lenguaje, una herramienta explícita y con la que es fácil llegar al lector. El cine superó ampliamente las posibilidades de la escritura al integrar la visión que en la literatura sólo podemos confiarlas a la capacidad de recreación del lector.
El segundo de los factores son las referencias que se dan al observador para que pueda integrarse en el escenario. Estas referencias han sido usadas en la definición de estilos: del realismo a la abstracción puede haber tanto un cambio en la selección de referencias como en las convenciones necesarias para entenderlas. El mal arte probablemente depende menos de la calidad técnica en el manejo de recursos (siempre deseable, a pesar de todo, para que no sea un lastre) que de la incapacidad para generar las referencias comprensibles: hay espectadores que no son capaces de meterse en según qué escenarios, pero también hay artistas que no saben diseñar las referencias que ayudan a la integración. Algunas de estas son constantes o invariantes culturales, muy comunes en mucha gente, incluso sin interés especial por el arte: la sensibilidad y la respuesta a algunas bases rítmicas son universales, lo mismo que algunas escalas cromáticas o ciertas proporciones de las formas. Otras son tan difíciles de aprehender que la obra artística resulta fallida en cuanto al objetivo de integración del observador. En mi caso particular, la música atonal o la pintura de Kazimir Malévich son buenos ejemplos.

A pesar de los milenios, algunas obras son comprendidas y apreciadas a través de la evolución cultural (imagen del Museo de Altamira y D. Rodríguez, licencia CC BY, Wikimedia Commons).
Esto nos lleva a reconocer que la experiencia en la observación de arte y la educación específica son valiosas en el sentido de ampliar los referentes con los que podemos abordar una obra, sea novela, pintura, escultura o videoclip. Según vemos, leemos y observamos, nuestra trama cognitiva se hace mayor y más compleja y tenemos más datos y herramientas para integrarnos en el mundo creado de una obra artística. Sin embargo, la recíproca también es cierta: el artista debe igualmente observar, aprender y educarse en la creación, así como en la destreza con el uso de sus instrumentos: luz, pinceles, guitarras o gubias. La creación se dificulta menos cuando los problemas técnicos han sido superados y el esfuerzo se dedica a construir la obra con solvencia y, sobre todo, manejando los referentes que serán el nexo con el observador.

06 noviembre 2017

Lectura benevolente.

Ante un duelo dialéctico se puede optar por estrategias diversas. Hace tiempo que tengo apuntado escribir una nota mínima sobre una de ellas: la lectura benevolente. Hoy me he decidido por quitarme ese apunte del medio de una vez y porque los debates (por llamarlos de algún modo) de estos meses parecen indicar que ese concepto se ha olvidado.
Imaginaos que tras una catástrofe natural leeis: “el terremoto no es el problema, el problema es la corrupción que impide que la ayuda llegue”. Ante esa afirmación cabe reaccionar al menos de dos formas. En la primera, la más inmediata, clasificamos al tipo como imbécil porque es obvio (imaginemos el contexto) que, si no hay terremoto, no hay necesidad de ayuda y la corrupción es, en este caso, irrelevante. Según esta interpretación, el autor de la frase carece de razón y de lógica e, incluso, parece estar quitando importancia al terremoto que posiblemente ha dejado cientos de muertos: encima, un insensible.
La segunda forma de lectura es diferente: entiendo que el tipo no quiere quitar importancia al terremoto y no se le escapa que es la causa principal del problema, pero quiere enfatizar que la corrupción añade daños al resultado generando una situación aún más lamentable por lo evitable. La frase original no es afortunada, pero si somos benevolentes en nuestra lectura, podemos suponer qué quiere decir realmente de forma que esa persona se salva de la descalificación instantánea.
La lectura benevolente muestra flexibilidad ante los errores de comunicación del otro y suaviza los errores de interpretación propios. Lo difícil es que hay que tener generosidad para aplicarla y eso va, frecuentemente, en contra del pensamiento fácil, de las sentencias de ejecución inmediatas, de la descalificación absoluta que reafirma nuestras ideas.
Recuerdo hace unos años en un debate en un blog donde, en cierto momento, me equivoqué en una preposición que cambió parcialmente el sentido de la frase. Mi contrincante gritó (virtualmente) feliz: ¡te pillé! ¡has dicho X con lo que te contradices de todos tus argumentos anteriores! Fue inútil decirle que no, que no sólo no había querido decir X sino que, precisamente porque contradecía mis argumentos anteriores, debía darse cuenta de que había sido un error de redacción fácilmente explicable. La lectura benevolente hubiera llevado a esa persona a admitir la posibilidad de que yo me hubiera equivocado realmente al teclear tres letras y que con pedirme explicaciones se aclararía el asunto, pero no fue así.
¿Cuál es el problema de la lectura benevolente? Que es difícil porque, obviamente, exige esa virtud escasa: la benevolencia. Admitir que esto que estoy escribiendo se puede redactar de mil formas y que todas son distintas, que algunas pueden no entenderse bien, que a veces no estamos inspirados o concentrados como para hacer del lenguaje un vehículo de comunicación optimizado, exige generosidad y algo de “respeto preventivo” al adversario. Nada que abunde hoy.

14 octubre 2017

Fotografía de monedas

Aunque la fotografía numismática incluiría formalmente otros objetos, asumiré que hablamos exclusivamente de monedas de metal, cuya historia es ya bastante extensa, con probable origen en el siglo VI a.C.
Por el tamaño de los objetos, las técnicas usadas se encuadran dentro de la macrofotografía y algunos de los problemas son los clásicos dentro de esta disciplina como la escasa profundidad de campo. Otros son específicos y derivados de la naturaleza del objeto, a veces muy reflectan-te, lo que aconseja técnicas de iluminación adecuadas.
Los objetivos de la fotografía numismática son los mismos que cualquier foto documental: buen detalle del objeto y una razonable fidelidad al color.
La imagen de abajo muestra el montaje para realizar este tipo de fotos y creo que es un comienzo adecuado para ir comentando los detalles de la toma.

Fotografiando monedas.

Cámara

La cámara que aparece en la foto es una Pentax 645Z de formato medio pero usamos también una Nikon D7000. La principal diferencia es el tamaño del sensor, que suele condicionar el número de píxeles de la imagen resultante. La Pentax tiene un sensor de 43.8 x 32.8 mm con 51 Mpx (imagen de 8256 x 6192 píxeles) y la Nikon de 23.6 x 15.7 mm con 16 Mpx (imagen de 4928 x 3264 píxeles). Lógicamente, a mayor número de píxeles, mayor es la resolución de la imagen si el objeto ocupa la misma superficie sobre el sensor. Para hacernos una idea, si una moneda de un euro mide 25 mm de diámetro, podríamos tener una resolución de 0.004 mm con la Pentax y de 0.008 mm con la Nikon, aproximadamente.
La realidad es que hay otros factores que no permiten llegar ni por asomo a este nivel de detalle: movimiento de la cámara, calidad del objetivo, efecto del valor de diafragma sobre la aberración óptica, perfección del enfoque, profundidad de campo, trepidación debida al espejo...
Uno más, no muy conocido, es el llamado filtro anti-aliasing, que incorporan casi todas las cámaras. Este filtro se incluye para reducir el efecto moiré ante patrones geométricos repetitivos pero tiene un efecto secundario de importancia: degrada la imagen. ¿Hasta dónde llega esta degradación? Es difícil localizar información técnica sobre esto, pero algo he encontrado: en la imagen siguiente puede verse un punto luminoso aislado sobre el sensor sin filtro AA (izquierda) y con filtro (derecha).

Efecto del filtro anti-aliasing en la nitidez sobre el sensor.
La imagen viene del documento How to Read MTF Curves de H. H. Nasse, editado por la Camera Lens Division de Zeiss en el año 2008. La recomendación parece obvia: si quieres un máximo detalle, busca una cámara sin filtro AA. Incidentalmente, la Nikon D7000 tiene filtro AA y la Pentax 645Z no lo tiene y esa fue una de las razones por la que la compramos en el grupo de investigación.

Objetivo

El objetivo de la imagen es un Pentax macro de 120 mm con una relación de ampliación máxima de 1:1. La calidad del objetivo es otro factor crítico en este tipo de fotografía por lo que, en su momento, se buscó uno de focal fija, macro y para el cual la cámara integra la corrección óptica automática de la imagen (aunque esto no es muy importante en este caso). Cuando se usa la cámara Nikon, el objetivo es un Tokina macro de 100 mm con una relación igualmente 1:1.
Es sabido que la aberración cromática de los objetivos aumenta con diafragmas abiertos y, por otro lado, que los problemas derivados de la difracción son mayores con diafragmas cerrados. Ambos efectos, aunque diferentes, penalizan la nitidez de la imagen. Hemos hecho pruebas fotografiando patrones muy contrastados y de bordes nítidos y hemos visto que los valores óptimos están en el rango f:8 a f:11 en ambos objetivos, aunque son perfectamente aceptables hasta f:16 (con lo que ganaríamos profundidad de campo).

Soporte

La cámara está en posición vertical sobre un soporte que algunos reconocerán como una ampliadora de las de antes. Las ventajas son obvias: no hace falta comprar nada nuevo, el soporte es sólido y la regulación de altura se hace con una manivela de ajuste bastante fino. Lo único que hemos hecho ha sido un nuevo taladro para colocar la columna en una esquina.

Iluminación

A la derecha, sobre la mesa, se puede ver un flash. No es nada muy sofisticado, un Yongnuo YN-560 II que solo tiene un contacto para el disparo y solo puede usarse en modo manual, no TTL.
La iluminación, en general, se puede hacer de bastantes formas, entre las cuales destacan los focos o paneles de luz continua y los flashes. ¿Por qué usar flash en vez de paneles LED, por ejemplo? La principal razón es la calidad de la luz; hemos medido la distribución de frecuencias de emisión de varias fuentes de luz (gracias a PJP, de física) y, como era sabido, la más plana y que cubre un amplio rango de longitudes de onda es la de las lámparas de xenón del flash. Aparte, es un trasto pequeño y manejable y cuya intensidad es regulable desde la máxima potencia hasta un mínimo de 1/128, algo que usaremos según el color y la reflectividad de la moneda.
Aunque la foto está tomada con la luz ambiente de la habitación, la toma real se realiza a oscuras (o casi) para que sea sólo la luz del flash la que ilumine el objeto. La sincronización se hace con dos disparadores Yongnuo RF-603N, uno en la cámara y otro en el flash, con lo que no es necesario usar cable.
Puede llamar un poco la atención la posición del flash y el artilugio donde está la moneda. Se trata de un sistema de iluminación denominado “axial”. El objetivo es que la luz llegue a la moneda como si se emitiera desde el eje óptico de la cámara (no valen los flashes anulares). Para ello se dispone un vidrio delgado (y limpio) a 45º sobre la moneda y se ilumina de forma que parte de la luz se refleje hacia la misma. Otra parte, lógicamente, atraviesa el vidrio y no tiene efecto sobre la foto. Hace falta otro elemento que actúe de barrera para que el flash no incida directamente sobre la moneda (un rectángulo negro de plástico que se ve entre la moneda y el flash). Esta forma de iluminar es adecuada para monedas muy brillantes. Las otras monedas se iluminan sin el vidrio y poniendo un difusor al flash pero colocando éste como si la luz llegara por la parte superior derecha de la moneda (en la foto, más o menos donde está el mando del disparador por cable).

Buscando la estabilidad

Además de estar fija en un soporte estable, se usan parámetros en la cámara intentando mantenerla inmóvil y sin trepidación. Por un lado, se usa el modo de bloqueo del espejo y se dispara, bien mediante cable, bien conectando la cámara a un ordenador.
Cuando trabajamos con la Nikon, la cámara se conecta al ordenador con un cable USB para manejarla mediante la aplicación de código abierto digiCamControl. Con Pentax esto no es posible ya que parece que sólo existe un complemento para Adobe Lightroom muy elemental solo permite disparar la cámara (nos interesa, al menos, cambiar los valores del diafragma).
Cuando no se usa el ordenador, el disparo se realiza mediante cable (puede verse en la parte trasera izquierda de la foto) en dos pasos: espejo arriba y, un par de segundos después, disparo de cámara y flash. El cable permite no tocar la cámara y evita moverla accidentalmente.

Posición y fondo

La moneda se levanta un par de cm por encima del fondo mediante un pequeño soporte para que éste quede fuera de foco. El fondo puede ser de cualquier color; a mí me gusta negro, pero hay muchas fotos perfectas con fondos blancos o grises. El problema de usar directamente un fondo negro es que en el postproceso no suele quedar uniforme y se hace necesario hacer una máscara y oscurecerlo o colorearlo. Aunque esto es posible, una máscara que separe con exactitud la moneda del fondo no es fácil de hacer, especialmente con monedas oscuras. Para solucionar el problema se puede usar, como se ve en la imagen, un fondo de un color que no esté presente en la moneda y que se llama en inglés  chroma key. Se trata de usar un color que pueda ser fácilmente aislado en el postproceso y sustituido por otro color. La máscara se hace en Photoshop con la herramienta “selección por color” y se cambia la zona pintando con el color que se quiera. Aunque la iluminación del fondo no es tan crítica como en cine, hay que asegurar que no hay sombras profundas, algo que aún no tengo bien resuelto con la iluminación lateral.

Otros factores

Como no estamos usando el modo TTL, la exposición correcta es cosa de ensayar. Las fotos se toman cambiando la intensidad del flash hasta que, más o menos, la exposición correcta coincida con el diafragma f:11. Luego, por si acaso, tomamos una serie con valores desde f:16 hasta f:8 para elegir la mejor en el proceso posterior (no siempre es evidente a la hora de la toma). La velocidad de obturación es irrelevante y usamos habitualmente 1/100 s.
Cada vez que se cambia o gira la moneda, el enfoque se hace en modo automático y, a continuación, se bloquea a modo manual para que quede fijo. Lógicamente, las fotos se toman en formato RAW (NEF en Nikon y DNG en Pentax). Finalmente, se hace una foto de una carta de colores que servirá para hacer un perfil específico de la sesión y corregir bien el color o, al menos, hacer bien el balance de grises (la carta de color está dentro del sobre gris al fondo e izquierda del tablero).

Moneda romana del emperador Tetricus I. Iluminación lateral con flash.
Moneda conmemorativa en plata, nueva y muy reflectante. Iluminación axial.

Moneda de dos euros, bimetálica y usada. Iluminación axial.


22 julio 2017

Primer recuerdo

Dicen que es imposible recordar algo que haya ocurrido antes de los tres años de edad, que tal vez se pueda cuando eres niño pero que, poco a poco, hay una línea de olvido temprano que va avanzando inexorable y va borrando los primeros recuerdos. Cuando intentamos traer esa memoria temprana al presente también puede pasar que no sepamos asignar con precisión el tiempo en el que ocurrieron las cosas o, por supuesto, que hayamos retocado el recuerdo hasta desfigurarlo de acuerdo con lo que debió ser y no con lo que fue..
Hoy sólo tengo recuerdos muy fragmentarios de mi niñez (o tal vez no he hecho el ejercicio de memoria suficiente) pero creo que el más antiguo corresponde a una situación excepcional: yo estaba en un gran barco jugando en el suelo de un salón con un par de niños. No sé con qué jugábamos pero sí que había que sujetarlo porque se iba de un lado a otro. Más tarde, mi madre me contó que eso pasó en el barco que nos llevaba a los Estados Unidos de América y que tuvo algunos días muy movidos en alta mar. Gracias a ese entorno tan específico, puedo fechar ese recuerdo a mediados del año 1960, cuando yo no había cumplido aún los tres años. De la estancia posterior en Detroit (eso he podido saberlo al encontrar correspondencia antigua en cajas almacenadas en el desván) con tíos abuelos de la rama materna me quedan dos recuerdos más. En uno estoy buscando infructuosamente algo que una ardilla había enterrado minutos antes en el jardín de la casa; en otro, estoy jugando en una calle y ante la casa hay ropa tendida y una valla pintada de blanco.
Mi documentación de inmigrante me recuerda que los que hoy somos nativos, ayer éramos extraños y anteayer unos pobres primates más o menos inteligentes que andaban dando tumbos por el mundo en busca, simplemente, de un lugar acogedor para vivir.

25 junio 2017

Cómo hacer tu genealogía

Una de mis más recientes aficiones es la reconstrucción de los árboles genealógicos familiares. Lo digo en plural porque incluyo al mío y al de mi mujer, por aquello de dejar un pequeño legado documental a mis hijos. Hoy he decidido aprovechar una novedad para hacer un mínimo guión de cómo remontarse, documento a documento, hacia el pasado, rellenando con nombres y apellidos esos nichos vacíos a los que debemos el estar aquí.
Hay formas diversas de explorar una genealogía. Una de ellas, la más segura, es contratar a un genealogista. Su dominio del oficio y sus recursos ofrecerán los mejores resultados. La desventaja es que nos perdemos la diversión y la emoción del descubrimiento.
Otras formas de investigar están al alcance de aficionados como somos la mayoría de los curiosos de este tema. Antes de entrar en el tema concreto que me apetece comentar hoy, el principio de toda investigación genealógica es recuperar los registros de nacimiento que haya en el Registro Civil. Lógicamente, empezaremos por el nuestro, los de nuestros padres y los de nuestros abuelos. Este trámite se suele poder hacer presencialmente, por carta o por internet a través de esta página del Ministerio. Es necesario aportar el nombre, apellidos, fecha y lugar de nacimiento de la persona de interés.
Lo interesante de estos certificados es que no sólo incluyen los datos de la persona sino de sus padres y abuelos y muy frecuentemente su edad y lugar de nacimiento, con lo que podremos ir remontando el árbol genealógico hacia el pasado.
El Registro Civil se instituyó de forma general en la década de 1870 (en algunos casos hay anotaciones desde 1840, ver aquí) con lo que para superar esa barrera habrá que acudir a los registros parroquiales.
Los archivos parroquiales se instituyeron en la segunda mitad del siglo XVI por orden del Concilio de Trento con lo que, con suerte, podríamos remontarnos casi cinco siglos hacia el pasado o más en algunos casos ya que había párrocos que llevaban estos libros por iniciativa propia. Los libros parroquiales incluyen nacimientos, confirmaciones, matrimonios y defunciones (ver detalles aquí).
¿Dónde consultar estos libros parroquiales? El caso es que en 1975, la Conferencia Episcopal estableció la posible concentración de “los libros parroquiales y la documentación con más de cien años de antigüedad” conservada en los archivos parroquiales, en la forma que se establezca por el obispo de cada diócesis. En muchos casos, los libros están en los correspondientes archivos diocesanos, en otros casos no, lo cual complica un tanto el acceso en función de la diócesis que nos interese.
En este punto entra al ruedo un espontáneo: la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es decir, los mormones. Sin entrar en más detalles, los mormones crearon FamilySearch, una organización que se dedica desde 1938 a fotografiar registros de interés genealógico. Al día de hoy tienen datos de un centenar de países, con 2.4 millones de rollos de microfilm entre otras cosas. Lógicamente, la cobertura mundial es irregular porque sólo han podido fotografiar registros donde les han dejado, pero la información es inmensa.
La buena noticia es que allá donde fotografiaban los libros parroquiales y demás documentos que se les ponían a tiro, dejaban siempre una copia, normalmente en microfilm. En Extremadura, estas copias están en la Biblioteca del Marqués de la Encomienda, en el Centro Cultural Santa Ana de Almendralejo. El sistema hasta el momento era pedir hora a la persona responsable (enormemente amable y colaboradora, por cierto) y acceder a unas vetustas máquinas de ver microfilm en los horarios que hubiera libres.
La segunda buena noticia es que recientemente, estos documentos de Extremadura han sido digitalizados y puestos a libre disposición en internet. El lugar es FamilySearch.org donde es posible buscar personas o catálogos de lugares. La forma de localizar qué hay de nuestro pueblo es la siguiente:

  • En la página principal: Buscar > Catálogo
  • En Lugar, escribir el nombre del pueblo; si existe algo sobre él, aparecerán opciones en la parte inferior de la entrada, por ejemplo:


  • Elegiremos la opción adecuada, desplegamos los documentos y vemos que, por ejemplo, de Zalamea de la Serena tenemos registros parroquiales desde 1715 hasta 1922, además de registros notariales desde 1621.


  • Eligiendo los registros parroquiales accedemos a una página en cuya cabecera nos indican que hay cuatro rollos de microfilm guardados en Salt Lake City. En la parte inferior de la página nos vienen ya separados los libros de bautismos, matrimonios y defunciones. Si el icono que aparece a la derecha es una cámara fotográfica tenemos suerte: los registros están accesibles vía internet. Si es un rollo de película, seguimos teniendo que ir personalmente a la biblioteca mencionada antes.



  • Finalmente, pinchando sobre el rollo entraremos en una aplicación con las fotos de cada página:


No es raro encontrarse con bloques de dos mil páginas por lo que, si no tenemos pistas claras de las fechas que hay que buscar, hay que armarse de paciencia e ir poco a poco pasando de página en página hasta encontrar la entrada que nos interesa y rellenar un hueco más en el árbol de antepasados. La imagen de abajo es uno de estos hallazgos, un antecesor de mi mujer llamado Juan de Dios, nacido el 4 de diciembre de 1804, hijo de Francisco Lombardo y Ana Alexos, nieto por la parte paterna de Cristóbal Lombardo e Inés Granada y por la materna de Bartolomé Alexos y María (indescifrable), todos vecinos y naturales de Campillo de Llerena.


Vereis que no aparece la edad de los padres ni de los abuelos; bueno, pues mala suerte, para buscarlos habrá que estimar un periodo razonable y mirar página a página. Algunas recomendaciones:

  • usa una pantalla grande para ir barriendo las imágenes sin dejarte la vista en el proceso.
  • la aplicación es muy buena pero se beneficia de un buena conexión a internet.
  • no te fíes de los índices y de los títulos ya que me he encontrado con cosas fuera de sitio que resultaron ser la solución al problema.
  • haz un índice de las secciones del microfilm y apunta los años de comienzo y fin de cada una de ellas.
  • hay páginas bien conservadas y con una caligrafía excelente; otras no, a veces se han estropeado, desteñido o roto y en otras ocasiones la letra del párroco dejaba mucho que desear, no tiene solución pero por suerte son un porcentaje pequeño del total.
  • cuando encuentres la página con el registro que buscas, descárgala y consérvala.
  • usa un programa específico para ir rellenando los árboles genealógicos, FamilySearch integra uno al que puedes anexar los documentos que vas encontrando. Otro excelente es Family Tree Builder.
  • haz tu árbol antes de que sea tarde, de que tus parientes mayores desaparezcan y ya no te puedan contar cosas, escanea las fotos familiares, recupera documentos... merece la pena.

18 junio 2017

Memoria grabada

Ayer tuvo 86400 segundos ¿cuántos recordáis? ¿Y del mismo día de hace un año? ¿Recordamos algo del 10 de junio de 2016? No hace falta insistir demasiado para, llevando este mínimo experimento hacia atrás en un muestreo caprichoso, llegar a la conclusión de que, redondeando, no recordamos nada de nuestra vida: 0.0%. Tendríamos que bajar al quinto o sexto decimal para encontrar la primera cifra significativa. En mi caso ni me atrevo a estimar esa posición ya que soy la antítesis de Ireneo Funes, el memorioso de Borges.
La cuestión se pone aún más inquietante cuando esos mínimos recuerdos que nos llegan ni siquiera son fieles, sino distorsiones introducidas por el tiempo y por nuestras propias sensaciones y deseos. El hecho real se perdió, nos queda apenas un montaje teatral, esquemático y sesgado, que recreamos cada vez que lo recordamos. El recuerdo, traído al presente, nunca vuelve intacto a la memoria: o se añade algo o algo se pierde, sea en el hecho mismo o en el escenario en el que se produjo. Son más lo que queremos que sean que lo que realmente fueron.
Este verano voy a iniciar un experimento mínimo. He comprado una pequeña cámara de grabación continua y pretendo usarla, ya veremos hasta qué punto, en las visitas y desplazamientos. Luego haré una selección, eliminando una parte. O no, quién sabe. El caso es que hoy daría mucho por poder rehacer un paseo por Argos, por vernos de nuevo en las cenas del verano de Nauplia o, sin ir tan lejos, volver a pasear por Pome o por Angón o descender a toda velocidad por los pedreros del Mampodre.
Es cuestión de tiempo que llevemos una cámara minúscula encima con la que amplificar la memoria, con la que fijar el tiempo que pasa. Luego podremos conservar el recuerdo o condenarlo al olvido, como hacemos hoy, sin tener otra opción, con ese casi cien por cien de lo que nos pasa. Tal vez eso, cuando ocurra, tenga un efecto secundario que podría ser más importante que la propia memoria: cuando nos demos cuenta de que borramos el 99% de lo que hemos grabado cada día por considerarlo intrascendente hasta para el recuerdo, demos más importancia al tiempo que transcurre y a aprovecharlo con experiencias dignas de ser conservadas.

Playa de Buelna, Llanes, invierno de finales de los 80.

10 junio 2017

Apellidos

Tener un nombre es un efecto de la potestad de los padres pero los apellidos no son caprichosos, son el reflejo de la historia de tus antepasados en los últimos cinco siglos, más o menos. Casi nadie ha conocido a sus ascendientes más allá de dos o tres generaciones pero la cadena, obviamente, es inmensamente más larga, tanto que supera los tres mil millones de años y pasa por una cantidad mayoritaria de ancestros que ni siquiera tenían forma humana.
Reconozco que nunca tuve curiosidad por mirar hacia atrás en mi árbol genealógico. Hoy me parece extraño pero nunca me paré a pensar que podría ser interesante poner nombre y lugar a personas concretas sin las cuales yo no hubiera existido.
Un día, no hace mucho, encargaron a mi hijo, como trabajo de una asignatura de sociología en la universidad, que investigara de dónde venía ese extraño apellido que compartimos. Fue en ese momento cuando se me despertó la curiosidad y comencé a intuir que mirar hacia atrás podría interpretarse incluso como un gesto de reconocimiento ante gente cuya vida permitió que la cadena que me une a cualquier remoto antepasado no se rompiera.
Dediqué horas sueltas y fines de semana a rastrear el pasado. Lamentablemente, todos mis parientes próximos habían muerto ya, lo que supuso una pérdida irreparable en cuanto a la información que hubieran podido darme, especialmente por alguno que mantuvo una memoria privilegiada hasta el fin de sus días. Sin ese recurso, el procedimiento comienza por conseguir todos los certificados de nacimiento posibles de padres y abuelos. Difícil llegar más allá porque los registros civiles comenzaron en España hacia 1870. Por esa vía, partí de mi padre, Francisco (1928, Zaragoza - 2000, Avilés) y llegué a mi abuelo, igualmente Francisco Felicísimo González (1893, Villafranca del Ebro - 1957, Barcelona), a quien no llegué a conocer y del que ni siquiera tengo una fotografía. El contraste debió de ser notable: mi padre, extremadamente conservador y con pánico al conflicto social, ante mi abuelo, del que me enteré por periódicos de la época que era considerado un peligroso sindicalista. Tal vez por eso mi padre apenas me habló de él. Entre las pocas cosas que me dijo estaban que se había suicidado cuando en un hospital de Barcelona le dijeron que tenía cáncer, que había ayudado a mucha gente en la guerra civil y que su fidelidad a mi abuela dejaba mucho que desear. Pocos detalles para siquiera intuir una personalidad tan cercana y a la vez tan desconocida.
Poco a poco, acudiendo ya a internet, cuyos recovecos son sorprendentes, seguí retrocediendo. Mi bisabuelo, Javier Felicísimo Aparicio, nació en 1866 en Escatrón, un pueblo de Zaragoza. Encontré documentos que me revelaron que estudió para maestro en la universidad de Zaragoza entre 1877 y 1880 y que luego ejerció en varios lugares: aparece en Codo, un pueblecito al sur de Zaragoza, en 1888; en febrero de 1891 toma posesión de la plaza de maestro en Ayerbe, más al norte, en la provincia de Huesca, donde sigue hasta 1910; en 1911 se le nombra maestro en una escuela de Haro, Logroño donde se quedó hasta jubilarse “por edad” en 1923.
Incidentalmente, en un censo de Aragón de 1934, aparece un hermano llamado José Felicísimo Aparicio (con 72 años y nacido, por tanto, en 1862) y María Felicísimo González (con 44 años y nacida en 1890). Ambos viven en la misma casa de la Plaza del Pilar en Zaragoza y parece probable que María sea la sobrina de José. Es inquietante pensar que las biografías de José y de María, tan intensas como las de cualquiera y posiblemente más largas que las de muchos, han quedado reducidas a esta fugaz aparición en un único documento.
El penúltimo eslabón con nombre aparece en un censo de Escatrón de 1860 y es Joaquín Felicísimo, “propietario y comerciante” y padre de Javier. Su segundo apellido es confuso, tal vez Adán. Por su edad en ese momento, nació entre 1832 y 1834, probablemente en el mismo Escatrón, por lo que comentaré a continuación. En este censo aparece su mujer, María Aparicio Asensio (24 años, nacida por tanto en 1836) y un hijo, Román Felicísimo Aparicio, nacido ese mismo año, 1860, y hermano de Javier, el maestro, que nacería 6 años más tarde.
Aquí se terminaba la pista ya que no parece haber registros parroquiales en esta zona, destruidos eficazmente en guerras o accidentes. Sin embargo, un afortunado hallazgo añadió un dato más: en una búsqueda en el archivo general de Aragón, digitalizado parcialmente, surgieron dos registros de pleitos. Luego, en un periódico local, una reseña. Aparecía un tal Jorge Felicísimo, vecino de Escatrón, que según los datos, debió nacer entre 1750 y 1755 ya que se le atribuían “cerca de 70 años” en 1820. Por la rareza del apellido, caben pocas dudas de que Jorge fuera ancestro directo de Joaquín pero sus nacimientos están separados por un siglo. Sería, por tanto, su bisabuelo o tatarabuelo, faltando dos o tres eslabones intermedios en la cadena. Sólo hay un pequeño fragmento más: Ramona Felicísimo (segundo apellido confuso, tal vez Lalmolda) aparece casada en el mismo pueblo con 62 años en el censo de 1860; nació, por tanto, sobre 1798. Ramona fue, probablemente, tía de Joaquín.
Pedí los expedientes digitalizados y aparecieron dos pistas más sobre el eslabón desconectado: Jorge era vecino y “labrador” pero no propietario de tierras y su apellido se escribía de vez en cuando con dos eses, Felicissimo. Este último detalle hizo que me planteara si Felicissimo era un apellido de origen italiano, sin raíces locales, lo que explicaría su rareza en estos lares. Esta idea era en aquel momento sólo una elucubración pero fue confirmada con otros pequeños hallazgos.
El primero fue el resultado de buscar el apellido en Italia mediante páginas web: hay una docena de Felicissimo, la mayoría en la zona central: Lazio, Roma y l’Aquila. Hoy creo que Jorge Felicísimo fue un emigrante que en la segunda mitad del siglo XVIII decidió cruzar el mar Tirreno y acabar, por alguna razón que nunca sabremos, en un pueblo como Escatrón, a la orilla del Ebro.
Finalmente, una búsqueda casual en la Wikipedia italiana me orientó sobre el origen, un tanto más remoto, de mi apellido: como otros muchos es el de una familia romana. Felicissimus ya existía como nombre familiar o gens en el siglo III, habiendo sido uno de ellos encargado de finanzas durante el mandato del emperador Aureliano. Murió en una revuelta en el año 271. No es posible saber si la línea paterna viene precisamente de este gens pero sí, al menos, está claro que el apellido existía en la Roma del siglo III lo que refuerza la hipótesis italiana.
Podemos ver que la mirada hacia atrás se va complicando. Cada vez son más escasas las fuentes, más aleatorias y más parcas en detalles. A eso añadiremos que he descrito solamente una línea genealógica, la paterna directa, pero la realidad es mucho más compleja ya que se trata de un árbol en el que cada rama de divide en dos en cada generación según viajamos hacia el pasado. Hoy veo con verdadera pesadumbre no poder poner nombre a mis ancestros ni saber dónde nacieron, vivieron y murieron.
Sorprendentemente, hace unos pocos años irrumpieron en el panorama genealógico las herramientas relacionadas con el ADN. Un frotis del interior de la boca puede revelar un origen probable y encajar dentro de un árbol de mutaciones específicas bastante elaborado. Hace un par de años encargué un análisis de este tipo que va dando, poco a poco, resultados. Mi haplogrupo paterno, derivado del cromosoma Y, según el Genographic Project de la National Geographic se movió en las líneas blancas de la imagen de abajo y está distribuido con una densidad máxima en las zonas rojizas. La última rama del grupo surgió hace unos 6000 años cerca del actual Líbano. En el norte de África, la máxima frecuencia es entre los bereberes de Marruecos y algunas poblaciones tuareg. En Europa las zonas de influencia están claras: centro de Italia y Grecia, sur de Sicilia, Baleares y Península Ibérica. Nada que ver, por cierto, con mi línea materna cuya historia puede seguirse por el ADN mitocondrial y del que hablaré, tal vez, otro día.


Hoy sabemos que nuestro origen primigenio fue africano. El género Homo nació allí hace unos trescientos mil años y se dispersó por todo el mundo en varias diásporas que se diversificaron en diferentes especies y en una épica grandiosa que algunos llamamos el Gran Viaje. Cuando mis ancestros llegaron a Europa era ya tarde, la glaciación no era ni siquiera un recuerdo, los neandertales llavaban extintos miles de años e incluso los vestigios de los primeros cazadores-recolectores estaban fuertemente diluidos. Los nuevos inmigrantes trajeron las primeras técnicas de agricultura hace unos 8000 años, desarrolladas ya en el Medio Este, y llegaron para quedarse y que nosotros existiéramos hoy. Nuestro origen lejano y confuso es un recuerdo de que las patrias son sentimientos efímeros, de que todos compartimos antepasados y de que buscar la diferencia cuando usamos un marco temporal de cien mil años es un ejercicio poco menos que ridículo.

03 junio 2017

Inmortalidad

Si alguien nota un parecido entre este artículo y el que escribió recientemente Antonio Rodríguez de la Heras, que sepa que no es casual, que fue el estímulo para exponer mi visión sobre la obsesión que nos ha perturbado desde el principio de nuestra historia consciente: no ser olvidados.

Durante decenas de miles de años, ningún humano tuvo la más mínima opción de que se le recordara más allá de un par de generaciones. Tal vez alrededor de un fuego se contaran historias de antepasados pero incluso éstas se acaban perdiendo en la voluble y nada fiable memoria colectiva.
De esa época tenemos restos fósiles (desde la famosa Lucy hasta los exiguos fragmentos del hombre de Denisova, pasando por nuestros primos neandertales) y otros aún más emotivos, como las huellas de Laetoli a las que hacía referencia el artículo mencionado en la cabecera. Son restos, sin embargo, fuera de la memoria colectiva, sin nombre y muy escasos. Son huellas que pasaron un larguísimo periodo antes de ser rescatadas pero que nunca fueron recordadas por sus semejantes ni por sus contemporáneos.
Tuvo que llegar la escritura para que algunos privilegiados pudieran perdurar algo más en el recuerdo de su sociedad siendo, por ejemplo, cabeza de un imperio. Hoy están grabados en piedra o en arcilla los nombres y las hazañas, reales o inventadas, de personajes de hace más de cuatro mil años, como el rey Narmer, que reinó en el siglo XXXI a.C. en el Antiguo Egipto, Lugalzagesi, rey en Mesopotamia en el siglo XXIV a.C. o Sargón, creador del primer imperio conocido, el acadio, en el siglo XXIII a.C.
Un poco más cerca tenemos emocionantes, aunque siempre casuales, retazos del pasado. Los retratos funerarios de El Fayum son representaciones naturalistas de los fallecidos que, sospecho, nunca hubieran imaginado que dos mil años más tarde podrían ser objeto de observación asombrada y, porqué no, fascinada. Pero son, de nuevo, anónimos en el sentido de que sólo han salido a la luz tras dos milenios de olvido.

Uno de los retratos funerarios de El Fayum.
Ya he escrito en alguna ocasión que la auténtica revolución del recuerdo como objetivo fue la fotografía. Los retratos de El Fayum, como todo el arte de los últimos milenios, han tenido como limitación la enorme inversión que cada obra exigía. Tanto el retrato pintado como esculpido era obra de semanas, meses o años de trabajo por lo que, de nuevo y con excepciones caprichosas, sólo los adinerados podían aspirar a dejar su imagen para la posteridad y alargar el casi inevitable momento en el que son olvidados. La fotografía extendió el manto de la inmortalidad a millones de personas, especialmente en los últimos años. Lamentablemente, aún no somos del todo conscientes de que llevamos encima, permanentemente, una máquina de captar y conservar momentos y hacerlos perdurar de forma potencialmente ilimitada: una máquina que transforma en inmortal todo lo que captura.
Todo esto, de nuevo, es una red en la oscuridad con nodos que se encienden y se apagan: millones de fotos son tomadas cada hora y, por lo tanto, milllones de instantes se iluminan en ese espacio casi vacío que es el recuerdo de lo que pasó. Pero también millones de fotos se pierden, se borran cada día, con lo que sus luces se extinguen para siempre. Aún así, la huella del pasado es hoy inmensamente más detallada y densa que lo fue nunca.
Hoy todo ha cambiado de nuevo y esa inmortalidad que ha sido el oscuro objeto del deseo desde milenios está a nuestro alcance aunque en una versión que era impredecible. La memoria colectiva ya no es de transmisión oral y la escritura tampoco está limitada: todo puede ser difundido es esa red caótica y sin forma que es internet. No descubro nada nuevo, por supuesto, y ya hace años que dejo mi huella a través de fotografías y de escritos pero un día reparé en un detalle inesperado: estaba leyendo un documento técnico y encontré copiados literalmente varios párrafos de algo que escribí hace un par de décadas. El hecho de que no hubiera cita al original podría parecer algo inadecuado pero, como siempre, todo depende del color del cristal a través del cual miras: esos textos anonimizados (o con autoría cambiada) tienen su genealogía. Oculta, por supuesto, pero real. Son huellas de nosotros mismos que se han lanzado al espacio y cuya trayectoria es imposible de prever: pueden desaparecer o pueden multiplicarse, ser copiadas o adaptadas… Son como aquellas cápsulas con bacterias que en una novela de ciencia ficción se lanzaban al espacio profundo con la intención de que, al menos alguna, acabara cayendo en un hábitat adecuado y evolucionara creando un nuevo ecosistema.
Esos textos sin autor son nuestra huella de Laetoli, nuestro particular gen digital difundiéndose o extinguiéndose en un ecosistema con reglas distintas. Sólo nos queda un detalle: hoy podemos cuidar y configurar esa huella de forma que lo que perdure de nosotros, con su genealogía oculta, no sea sólo una parodia de lo que fuimos.

28 mayo 2017

Diáspora

A mediados del siglo XIX, una curiosa pieza arqueológica fue ofrecida a un ciudadano extremeño que la compró para su colección particular. Es un pieza un tanto especial: con casi 4 kg de peso, elaborada en bronce, representa una escena de caza sobre un  carro. En ella, un jinete persigue a un jabalí con ayuda de un perro. Dado que las figuras están sujetas con pernos al carro y que hay dos agujeros libres en la parte delantera derecha, se deduce que había otro perro en la escena que ha desaparecido.
El vendedor le dijo al coleccionista que había encontrado el carro en Mérida pero no dio detalles sobre el lugar concreto. La escena es familiar y pertenece probablemente a la mitología griega: Meleagro, hijo de Eneo y Altea tuvo que cazar al jabalí de Calidón, enviado con muy mala uva por Artemisa, enfadada con Eneo por no haberle ofrecido suficientes sacrificios.
La referencia publicada más antigua de esta pieza es una fotografía que aparece en la Historia General de España de 1888 de Modesto Lafuente (vol. I, pág. 247, disponible en la Biblioteca Digital de Castilla y León). La Geografía no comenta nada interesante sobre el carro pero seguro que contribuyó a hacerlo conocido. Aún así, tuvieron que pasar casi 50 años hasta que, en 1930, la pieza fue analizada por el arqueólogo Robert Forrer que, según parece, la compró por 8000 pesetas y la envió al Musée d’Archéologie Nationale (antes des Antiquités Nationales) de Saint Germain-en-Laye, en Francia) donde actualmente se conserva restaurado.
Al día de hoy, en ausencia de información sobre el contexto arqueológico, el carro se data alrededor del siglo VI o V a.C. En algunos textos se menciona como lugar del hallazgo la “casa de Meleagro”, pero no le hagan mucho caso porque, entre otras cosas, de dicha casa no queda rastro alguno ni siquiera bibliográfico y se parece sospechosamente a la denominación genérica de la escena (”Caza de Meleagro”). Incluso su localización en Mérida no debe tomarse muy en serio, aunque solo sea porque no hay evidencia suficiente para suponer la existencia de una Mérida prerromana de cierta entidad.

La fotografía de la Geografía forma parte de la colección de placas de cristal del Ateneo de Madrid y fue tomada por Jean Laurent Minier, aparentemente en la misma Mérida.
Esta pieza es una de tantas que en los siglos XIX y XX sufrieron ventas y traslados desde su lugar de origen a museos o colecciones particulares de medio mundo. Hay que tener en cuenta que la primera normativa protectora del patrimonio arqueológico fue la Ley de Excavaciones Arqueológicas del 7 de julio de 1911, promulgada por Alfonso XIII. Esta ley prohibe el deterioro intencionado de los restos pero aún concede la propiedad de los mismos a particulares cuando estos sean “descubridores autorizados”, permitiendo la confiscación de los encontrados por lo que hoy llamaríamos “piratas”. La ley se promulga ante los escandalosos expolios que se producían en esta época, denunciados por arqueólogos del momento, y buscaba una solución de compromiso entre la propiedad privada y la naturaleza de patrimonio público de los bienes arqueológicos, además de darle importancia a la metodología científica en la excavación. Tal vez lo más relevante de esta ley fue la obligación de tener autorización administrativa para realizar excavaciones, algo que frenaría el completo descontrol que frecuentemente concluía con la expatriación de los objetos.
Toda esta historia es larga y tiene sus expertos por lo que me limitaré a decir que en este contexto y hace algo más de un año se nos ocurrió una idea que parecía interesante: catalogar los bienes arqueológicos extremeños que hoy están fuera de la región. El “carro de Mérida” es uno de ellos pero hay muchos más, cada uno con su historia. Por ejemplo, es también conocido el “guerrero de Medina de las Torres”, una estatuilla de bronce de algo más de 30 cm de altura que está en el Museo Británico en Londres desde la década de 1920. Menos conocido, creo, es el “tesoro de Mérida”, un conjunto de cuatro piezas de oro que fueron al mismo museo en el siglo XIX y sobre el que no hay apenas información salvo la nota de que se encontraron en 1870 en una tumba infantil.
A los objetos anteriores hay que añadir muchos más que hoy están en museos españoles. Destaca por la cantidad de piezas el Museo Arqueológico Nacional, creado por Real Decreto de Isabel II el 20 de marzo de 1867, a donde llegaron piezas de todas las provincias españolas incluyendo, claro, numerosos hallazgos de las excavaciones en Extremadura. En una visita al MAN encontramos cosas como los ídolos placa de Granja de Céspedes, varias aras romanas de Mérida, estelas de la Edad del Bronce como las de Granja de Toriñuelo o Solana de Cabañas, los “tesoros” de Berzocana y Aliseda…
El proyecto que mencioné y que llamamos Diáspora, persigue investigar este acervo, catalogarlo, documentarlo y difundirlo. La idea de realizar catálogos de bienes históricos no es nueva, por supuesto, y la propia Extremadura tiene obras esenciales como cuando las Comisiones Provinciales de Monumentos Históricos y Artísticos promovieron los inventarios o catálogos de los monumentos histórico-artísticos de España. Cáceres y Badajoz vieron los suyos realizados por José Ramón Mélida y editados a mediados de la década de 1920. Estos catálogos, sin embargo, sólo recogieron los bienes presentes en el territorio sin considerar los bienes exiliados.
Diáspora se llevará a cabo en tres años. En el primero abordaremos la búsqueda y catálogo de piezas, en el segundo la documentación histórica, bibliográfica, fotográfica y mediante modelos 3D, en el tercero elaboraremos los documentos de difusión de lo encontrado. Aunque esta es la estructura general, pretendemos crear de forma casi inmediata un wiki abierto para que se pueda seguir la evolución del proyecto y se puedan aportar ideas y contribuir, por qué no, en las tareas de búsqueda y documentación. Mientras todo esto se pone en marcha, os dejo con una de las piezas que más me gustan, el “idolo de Extremadura”, un nombre coloquial para un cilindro de 19 cm de altura, tallado en alabastro y con lo que parecen ojos grabados; está datado en el tercer milenio a.C.


20 mayo 2017

Aprendizaje

Hace mucho tiempo leí una novela ambientada en una sociedad de indios americanos, antes de la llegada de los europeos. La historia tomaba la forma de saga a través de varias generaciones en las grandes praderas, donde un niño crecía, entraba como aprendiz con el chamán, avanzaba en el conocimiento; a su muerte lo sucedía y tomaba, a su vez, un nuevo aprendiz que continuara un ciclo con pretensiones de no tener fin.
La novela tenía algunos momentos cruciales como uno en el que el aprendiz le pregunta al chamán porqué las ceremonias tenían que hacerse siguiendo un ritual concreto, a veces aterrador o cruel. El chamán le dice que el pueblo necesita el ritual para “sentir” la ceremonia, pero que las formas y los símbolos no tienen importancia, son sólo herramientas útiles para integrar a los componentes del grupo y hacerlos sentir parte de una unidad, algo que debe hacerse de vez en cuando. Y que él, que siendo aprendiz, ha conseguido llegar a formular esa pregunta casi herética, no debe nunca confundir lo importante, comprender, con el mero ritual, adorno mnemotécnico carente de contenido.
Finalmente, el aprendiz se da cuenta, y ese el verdadero punto sin retorno, de que los chamanes son los que guían al pueblo porque están por encima del miedo y de la superstición, lo que les permite comprender mejor el mundo, que no tiene nada de esotérico o mágico, pero que el rito, la ceremonia, son elementos útiles para tranquilizar las mentes más simples. Así de simple, o de complicado.
Aparte de este atrevimiento del escritor, que no quiso limitarse a un relato de aventuras, hay más detalles para pensar. Por ejemplo, que el antiguo aprendiz, convertido en chamán por el puro transcurso del tiempo, debe tomar un nuevo aprendiz y la educación de éste niño debe repetir, una vez más, en una cadena interminable y partiendo de cero, un camino que lleva a superar la superstición, los miedos y la tradición ritual para, desde ésta, ser un guía durante una etapa más en la vida del grupo.
El aspecto más desolador, también reflejado en diálogos explícitos, era que todos los chamanes conocían la fragilidad de su ciclo, basado en la comunicación oral porque no tenían lengua escrita. Media docena de ciclos con buenos aprendices y con algo de suerte suponían un avance en el pensamiento común. Una muerte a destiempo rompía la cadena de la educación y devolvía a la tribu completa a la oscuridad del desconocimiento.

Un segundo libro es mucho más popular: “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. No voy a comentar su nudo, conocido por todos, pero sí su desenlace: la biblioteca arde, y con ella el conocimiento allí recogido. Cierto que ese conocimiento era ignorado por casi todos y custodiado por el bibliotecario Jorge de Burgos que cuidaba de que nadie cuestionara la tradición. Así, los monjes se limitaban al trabajo de copia, mera forma sin comprensión. Pero el solo hecho de existir deja una puerta abierta a la esperanza de una futura lectura. Jorge trunca esa esperanza de forma irreversible pero en esta novela de Eco hay mucho más. Hay un segundo motivo de desolación que no aparece explícitamente, pero que a mí me sigue pareciendo la clave de la narración: el libro es un relato contado por el discípulo de Guillermo de Baskerville, Adso de Melk, que pasados los años y cerca de la muerte rememora lo más transcendente que experimentó en su vida. El punto clave para mí es que Guillermo, racionalista y casi librepensador en la medida que lo permitía su época, fracasó en su tarea educativa: Adso de Melk, ya viejo, no ha entendido nada de los principios que su maestro intentó inculcarle y redacta sus memorias limitado por unos prejuicios que nunca supo ni pudo abandonar. Siente respeto por Guillermo, pero desde la más absoluta incomprensión. La desaparición de Guillermo es como el fracaso del chamán, que trae de nuevo la oscuridad y apaga las esperanzas de progreso.

De estos dos libros se desprenden las ideas, tal vez sólo interpretación mía, de lo difícil de avanzar en el conocimiento y de lo frágil de darle continuidad a esa tarea. Ahora estamos en un época donde la tecnología ha permitido reducir esa fragilidad debido al antiguo invento de la escritura y al nuevo invento de la réplica potencialmente infinita en las memorias digitales, compartidas de forma incontrolable y por eso potencialmente inmortales. Hemos superado al chamán y ya no hace falta tener a Guillermo de mentor: todo está a nuestro alcance. Sin embargo, teniéndolo todo, los efectos no parecen notarse como la gigantesca ola de conocimiento que debería haber barrido el mundo. Parece que hace falta una revolución más, esa que nos lleve a abandonar el papel pasivo y acrítico de Adso y de los miembros de la tribu, meros asistentes al espectáculo e incapaces de acceder al significado que hay detrás de los decorados engañosos que hoy nos venden como importantes. O tal vez la conclusión es profundamente triste y ni siquiera somos capaces de eso y deberíamos reconocer que no comprenderíamos nada aunque tuviéramos al mismísimo Guillermo de Baskerville de compañero de viaje.


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