20 mayo 2017

Aprendizaje

Hace mucho tiempo leí una novela ambientada en una sociedad de indios americanos, antes de la llegada de los europeos. La historia tomaba la forma de saga a través de varias generaciones en las grandes praderas, donde un niño crecía, entraba como aprendiz con el chamán, avanzaba en el conocimiento; a su muerte lo sucedía y tomaba, a su vez, un nuevo aprendiz que continuara un ciclo con pretensiones de no tener fin.
La novela tenía algunos momentos cruciales como uno en el que el aprendiz le pregunta al chamán porqué las ceremonias tenían que hacerse siguiendo un ritual concreto, a veces aterrador o cruel. El chamán le dice que el pueblo necesita el ritual para “sentir” la ceremonia, pero que las formas y los símbolos no tienen importancia, son sólo herramientas útiles para integrar a los componentes del grupo y hacerlos sentir parte de una unidad, algo que debe hacerse de vez en cuando. Y que él, que siendo aprendiz, ha conseguido llegar a formular esa pregunta casi herética, no debe nunca confundir lo importante, comprender, con el mero ritual, adorno mnemotécnico carente de contenido.
Finalmente, el aprendiz se da cuenta, y ese el verdadero punto sin retorno, de que los chamanes son los que guían al pueblo porque están por encima del miedo y de la superstición, lo que les permite comprender mejor el mundo, que no tiene nada de esotérico o mágico, pero que el rito, la ceremonia, son elementos útiles para tranquilizar las mentes más simples. Así de simple, o de complicado.
Aparte de este atrevimiento del escritor, que no quiso limitarse a un relato de aventuras, hay más detalles para pensar. Por ejemplo, que el antiguo aprendiz, convertido en chamán por el puro transcurso del tiempo, debe tomar un nuevo aprendiz y la educación de éste niño debe repetir, una vez más, en una cadena interminable y partiendo de cero, un camino que lleva a superar la superstición, los miedos y la tradición ritual para, desde ésta, ser un guía durante una etapa más en la vida del grupo.
El aspecto más desolador, también reflejado en diálogos explícitos, era que todos los chamanes conocían la fragilidad de su ciclo, basado en la comunicación oral porque no tenían lengua escrita. Media docena de ciclos con buenos aprendices y con algo de suerte suponían un avance en el pensamiento común. Una muerte a destiempo rompía la cadena de la educación y devolvía a la tribu completa a la oscuridad del desconocimiento.

Un segundo libro es mucho más popular: “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. No voy a comentar su nudo, conocido por todos, pero sí su desenlace: la biblioteca arde, y con ella el conocimiento allí recogido. Cierto que ese conocimiento era ignorado por casi todos y custodiado por el bibliotecario Jorge de Burgos que cuidaba de que nadie cuestionara la tradición. Así, los monjes se limitaban al trabajo de copia, mera forma sin comprensión. Pero el solo hecho de existir deja una puerta abierta a la esperanza de una futura lectura. Jorge trunca esa esperanza de forma irreversible pero en esta novela de Eco hay mucho más. Hay un segundo motivo de desolación que no aparece explícitamente, pero que a mí me sigue pareciendo la clave de la narración: el libro es un relato contado por el discípulo de Guillermo de Baskerville, Adso de Melk, que pasados los años y cerca de la muerte rememora lo más transcendente que experimentó en su vida. El punto clave para mí es que Guillermo, racionalista y casi librepensador en la medida que lo permitía su época, fracasó en su tarea educativa: Adso de Melk, ya viejo, no ha entendido nada de los principios que su maestro intentó inculcarle y redacta sus memorias limitado por unos prejuicios que nunca supo ni pudo abandonar. Siente respeto por Guillermo, pero desde la más absoluta incomprensión. La desaparición de Guillermo es como el fracaso del chamán, que trae de nuevo la oscuridad y apaga las esperanzas de progreso.

De estos dos libros se desprenden las ideas, tal vez sólo interpretación mía, de lo difícil de avanzar en el conocimiento y de lo frágil de darle continuidad a esa tarea. Ahora estamos en un época donde la tecnología ha permitido reducir esa fragilidad debido al antiguo invento de la escritura y al nuevo invento de la réplica potencialmente infinita en las memorias digitales, compartidas de forma incontrolable y por eso potencialmente inmortales. Hemos superado al chamán y ya no hace falta tener a Guillermo de mentor: todo está a nuestro alcance. Sin embargo, teniéndolo todo, los efectos no parecen notarse como la gigantesca ola de conocimiento que debería haber barrido el mundo. Parece que hace falta una revolución más, esa que nos lleve a abandonar el papel pasivo y acrítico de Adso y de los miembros de la tribu, meros asistentes al espectáculo e incapaces de acceder al significado que hay detrás de los decorados engañosos que hoy nos venden como importantes. O tal vez la conclusión es profundamente triste y ni siquiera somos capaces de eso y deberíamos reconocer que no comprenderíamos nada aunque tuviéramos al mismísimo Guillermo de Baskerville de compañero de viaje.


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