14 octubre 2017

Fotografía de monedas

Aunque la fotografía numismática incluiría formalmente otros objetos, asumiré que hablamos exclusivamente de monedas de metal, cuya historia es ya bastante extensa, con probable origen en el siglo VI a.C.
Por el tamaño de los objetos, las técnicas usadas se encuadran dentro de la macrofotografía y algunos de los problemas son los clásicos dentro de esta disciplina como la escasa profundidad de campo. Otros son específicos y derivados de la naturaleza del objeto, a veces muy reflectan-te, lo que aconseja técnicas de iluminación adecuadas.
Los objetivos de la fotografía numismática son los mismos que cualquier foto documental: buen detalle del objeto y una razonable fidelidad al color.
La imagen de abajo muestra el montaje para realizar este tipo de fotos y creo que es un comienzo adecuado para ir comentando los detalles de la toma.

Fotografiando monedas.

Cámara

La cámara que aparece en la foto es una Pentax 645Z de formato medio pero usamos también una Nikon D7000. La principal diferencia es el tamaño del sensor, que suele condicionar el número de píxeles de la imagen resultante. La Pentax tiene un sensor de 43.8 x 32.8 mm con 51 Mpx (imagen de 8256 x 6192 píxeles) y la Nikon de 23.6 x 15.7 mm con 16 Mpx (imagen de 4928 x 3264 píxeles). Lógicamente, a mayor número de píxeles, mayor es la resolución de la imagen si el objeto ocupa la misma superficie sobre el sensor. Para hacernos una idea, si una moneda de un euro mide 25 mm de diámetro, podríamos tener una resolución de 0.004 mm con la Pentax y de 0.008 mm con la Nikon, aproximadamente.
La realidad es que hay otros factores que no permiten llegar ni por asomo a este nivel de detalle: movimiento de la cámara, calidad del objetivo, efecto del valor de diafragma sobre la aberración óptica, perfección del enfoque, profundidad de campo, trepidación debida al espejo...
Uno más, no muy conocido, es el llamado filtro anti-aliasing, que incorporan casi todas las cámaras. Este filtro se incluye para reducir el efecto moiré ante patrones geométricos repetitivos pero tiene un efecto secundario de importancia: degrada la imagen. ¿Hasta dónde llega esta degradación? Es difícil localizar información técnica sobre esto, pero algo he encontrado: en la imagen siguiente puede verse un punto luminoso aislado sobre el sensor sin filtro AA (izquierda) y con filtro (derecha).

Efecto del filtro anti-aliasing en la nitidez sobre el sensor.
La imagen viene del documento How to Read MTF Curves de H. H. Nasse, editado por la Camera Lens Division de Zeiss en el año 2008. La recomendación parece obvia: si quieres un máximo detalle, busca una cámara sin filtro AA. Incidentalmente, la Nikon D7000 tiene filtro AA y la Pentax 645Z no lo tiene y esa fue una de las razones por la que la compramos en el grupo de investigación.

Objetivo

El objetivo de la imagen es un Pentax macro de 120 mm con una relación de ampliación máxima de 1:1. La calidad del objetivo es otro factor crítico en este tipo de fotografía por lo que, en su momento, se buscó uno de focal fija, macro y para el cual la cámara integra la corrección óptica automática de la imagen (aunque esto no es muy importante en este caso). Cuando se usa la cámara Nikon, el objetivo es un Tokina macro de 100 mm con una relación igualmente 1:1.
Es sabido que la aberración cromática de los objetivos aumenta con diafragmas abiertos y, por otro lado, que los problemas derivados de la difracción son mayores con diafragmas cerrados. Ambos efectos, aunque diferentes, penalizan la nitidez de la imagen. Hemos hecho pruebas fotografiando patrones muy contrastados y de bordes nítidos y hemos visto que los valores óptimos están en el rango f:8 a f:11 en ambos objetivos, aunque son perfectamente aceptables hasta f:16 (con lo que ganaríamos profundidad de campo).

Soporte

La cámara está en posición vertical sobre un soporte que algunos reconocerán como una ampliadora de las de antes. Las ventajas son obvias: no hace falta comprar nada nuevo, el soporte es sólido y la regulación de altura se hace con una manivela de ajuste bastante fino. Lo único que hemos hecho ha sido un nuevo taladro para colocar la columna en una esquina.

Iluminación

A la derecha, sobre la mesa, se puede ver un flash. No es nada muy sofisticado, un Yongnuo YN-560 II que solo tiene un contacto para el disparo y solo puede usarse en modo manual, no TTL.
La iluminación, en general, se puede hacer de bastantes formas, entre las cuales destacan los focos o paneles de luz continua y los flashes. ¿Por qué usar flash en vez de paneles LED, por ejemplo? La principal razón es la calidad de la luz; hemos medido la distribución de frecuencias de emisión de varias fuentes de luz (gracias a PJP, de física) y, como era sabido, la más plana y que cubre un amplio rango de longitudes de onda es la de las lámparas de xenón del flash. Aparte, es un trasto pequeño y manejable y cuya intensidad es regulable desde la máxima potencia hasta un mínimo de 1/128, algo que usaremos según el color y la reflectividad de la moneda.
Aunque la foto está tomada con la luz ambiente de la habitación, la toma real se realiza a oscuras (o casi) para que sea sólo la luz del flash la que ilumine el objeto. La sincronización se hace con dos disparadores Yongnuo RF-603N, uno en la cámara y otro en el flash, con lo que no es necesario usar cable.
Puede llamar un poco la atención la posición del flash y el artilugio donde está la moneda. Se trata de un sistema de iluminación denominado “axial”. El objetivo es que la luz llegue a la moneda como si se emitiera desde el eje óptico de la cámara (no valen los flashes anulares). Para ello se dispone un vidrio delgado (y limpio) a 45º sobre la moneda y se ilumina de forma que parte de la luz se refleje hacia la misma. Otra parte, lógicamente, atraviesa el vidrio y no tiene efecto sobre la foto. Hace falta otro elemento que actúe de barrera para que el flash no incida directamente sobre la moneda (un rectángulo negro de plástico que se ve entre la moneda y el flash). Esta forma de iluminar es adecuada para monedas muy brillantes. Las otras monedas se iluminan sin el vidrio y poniendo un difusor al flash pero colocando éste como si la luz llegara por la parte superior derecha de la moneda (en la foto, más o menos donde está el mando del disparador por cable).

Buscando la estabilidad

Además de estar fija en un soporte estable, se usan parámetros en la cámara intentando mantenerla inmóvil y sin trepidación. Por un lado, se usa el modo de bloqueo del espejo y se dispara, bien mediante cable, bien conectando la cámara a un ordenador.
Cuando trabajamos con la Nikon, la cámara se conecta al ordenador con un cable USB para manejarla mediante la aplicación de código abierto digiCamControl. Con Pentax esto no es posible ya que parece que sólo existe un complemento para Adobe Lightroom muy elemental solo permite disparar la cámara (nos interesa, al menos, cambiar los valores del diafragma).
Cuando no se usa el ordenador, el disparo se realiza mediante cable (puede verse en la parte trasera izquierda de la foto) en dos pasos: espejo arriba y, un par de segundos después, disparo de cámara y flash. El cable permite no tocar la cámara y evita moverla accidentalmente.

Posición y fondo

La moneda se levanta un par de cm por encima del fondo mediante un pequeño soporte para que éste quede fuera de foco. El fondo puede ser de cualquier color; a mí me gusta negro, pero hay muchas fotos perfectas con fondos blancos o grises. El problema de usar directamente un fondo negro es que en el postproceso no suele quedar uniforme y se hace necesario hacer una máscara y oscurecerlo o colorearlo. Aunque esto es posible, una máscara que separe con exactitud la moneda del fondo no es fácil de hacer, especialmente con monedas oscuras. Para solucionar el problema se puede usar, como se ve en la imagen, un fondo de un color que no esté presente en la moneda y que se llama en inglés  chroma key. Se trata de usar un color que pueda ser fácilmente aislado en el postproceso y sustituido por otro color. La máscara se hace en Photoshop con la herramienta “selección por color” y se cambia la zona pintando con el color que se quiera. Aunque la iluminación del fondo no es tan crítica como en cine, hay que asegurar que no hay sombras profundas, algo que aún no tengo bien resuelto con la iluminación lateral.

Otros factores

Como no estamos usando el modo TTL, la exposición correcta es cosa de ensayar. Las fotos se toman cambiando la intensidad del flash hasta que, más o menos, la exposición correcta coincida con el diafragma f:11. Luego, por si acaso, tomamos una serie con valores desde f:16 hasta f:8 para elegir la mejor en el proceso posterior (no siempre es evidente a la hora de la toma). La velocidad de obturación es irrelevante y usamos habitualmente 1/100 s.
Cada vez que se cambia o gira la moneda, el enfoque se hace en modo automático y, a continuación, se bloquea a modo manual para que quede fijo. Lógicamente, las fotos se toman en formato RAW (NEF en Nikon y DNG en Pentax). Finalmente, se hace una foto de una carta de colores que servirá para hacer un perfil específico de la sesión y corregir bien el color o, al menos, hacer bien el balance de grises (la carta de color está dentro del sobre gris al fondo e izquierda del tablero).

Moneda romana del emperador Tetricus I. Iluminación lateral con flash.
Moneda conmemorativa en plata, nueva y muy reflectante. Iluminación axial.

Moneda de dos euros, bimetálica y usada. Iluminación axial.


22 julio 2017

Primer recuerdo

Dicen que es imposible recordar algo que haya ocurrido antes de los tres años de edad, que tal vez se pueda cuando eres niño pero que, poco a poco, hay una línea de olvido temprano que va avanzando inexorable y va borrando los primeros recuerdos. Cuando intentamos traer esa memoria temprana al presente también puede pasar que no sepamos asignar con precisión el tiempo en el que ocurrieron las cosas o, por supuesto, que hayamos retocado el recuerdo hasta desfigurarlo de acuerdo con lo que debió ser y no con lo que fue..
Hoy sólo tengo recuerdos muy fragmentarios de mi niñez (o tal vez no he hecho el ejercicio de memoria suficiente) pero creo que el más antiguo corresponde a una situación excepcional: yo estaba en un gran barco jugando en el suelo de un salón con un par de niños. No sé con qué jugábamos pero sí que había que sujetarlo porque se iba de un lado a otro. Más tarde, mi madre me contó que eso pasó en el barco que nos llevaba a los Estados Unidos de América y que tuvo algunos días muy movidos en alta mar. Gracias a ese entorno tan específico, puedo fechar ese recuerdo a mediados del año 1960, cuando yo no había cumplido aún los tres años. De la estancia posterior en Detroit (eso he podido saberlo al encontrar correspondencia antigua en cajas almacenadas en el desván) con tíos abuelos de la rama materna me quedan dos recuerdos más. En uno estoy buscando infructuosamente algo que una ardilla había enterrado minutos antes en el jardín de la casa; en otro, estoy jugando en una calle y ante la casa hay ropa tendida y una valla pintada de blanco.
Mi documentación de inmigrante me recuerda que los que hoy somos nativos, ayer éramos extraños y anteayer unos pobres primates más o menos inteligentes que andaban dando tumbos por el mundo en busca, simplemente, de un lugar acogedor para vivir.

25 junio 2017

Cómo hacer tu genealogía

Una de mis más recientes aficiones es la reconstrucción de los árboles genealógicos familiares. Lo digo en plural porque incluyo al mío y al de mi mujer, por aquello de dejar un pequeño legado documental a mis hijos. Hoy he decidido aprovechar una novedad para hacer un mínimo guión de cómo remontarse, documento a documento, hacia el pasado, rellenando con nombres y apellidos esos nichos vacíos a los que debemos estar aquí.
Hay formas diversas de explorar una genealogía. Una de ellas, la más segura, es contratar a un genealogista. Su dominio del oficio y sus recursos ofrecerán los mejores resultados. La desventaja es que nos perdemos la diversión y la emoción del descubrimiento.
Otras formas de investigar están al alcance de aficionados como somos la mayoría de los curiosos de este tema. Antes de entrar en el tema concreto que me apetece comentar hoy, el principio de toda investigación genealógica es recuperar los registros de nacimiento que haya en el Registro Civil. Lógicamente, empezaremos por el nuestro, los de nuestros padres y los de nuestros abuelos. Este trámite se suele poder hacer presencialmente, por carta o por internet a través de esta página del Ministerio. Es necesario aportar el nombre, apellidos, fecha y lugar de nacimiento de la persona de interés.
Lo interesante de estos certificados es que no sólo incluyen los datos de la persona sino de sus padres y abuelos y muy frecuentemente su edad y lugar de nacimiento, con lo que podremos ir remontando el árbol genealógico hacia el pasado.
El Registro Civil se instituyó de forma general en la década de 1870 (en algunos casos hay anotaciones desde 1840, ver aquí) con lo que para superar esa barrera habrá que acudir a los registros parroquiales.
Los archivos parroquiales se instituyeron en la segunda mitad del siglo XVI por orden del Concilio de Trento con lo que, con suerte, podríamos remontarnos casi cinco siglos hacia el pasado o más en algunos casos ya que había párrocos que llevaban estos libros por iniciativa propia. Los libros parroquiales incluyen nacimientos, confirmaciones, matrimonios y defunciones (ver detalles aquí).
¿Dónde consultar estos libros parroquiales? El caso es que en 1975, la Conferencia Episcopal estableció la posible concentración de “los libros parroquiales y la documentación con más de cien años de antigüedad” conservada en los archivos parroquiales, en la forma que se establezca por el obispo de cada diócesis. En muchos casos, los libros están en los correspondientes archivos diocesanos, en otros casos no, lo cual complica un tanto el acceso en función de la diócesis que nos interese.
En este punto entra al ruedo un espontáneo: la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es decir, los mormones. Sin entrar en más detalles, los mormones crearon FamilySearch, una organización que se dedica desde 1938 a fotografiar registros de interés genealógico. Al día de hoy tienen datos de un centenar de países, con 2.4 millones de rollos de microfilm entre otras cosas. Lógicamente, la cobertura mundial es irregular porque sólo han podido fotografiar registros donde les han dejado, pero la información es inmensa.
La buena noticia es que allá donde fotografiaban los libros parroquiales y demás documentos que se les ponían a tiro, dejaban siempre una copia, normalmente en microfilm. En Extremadura, estas copias están en la Biblioteca del Marqués de la Encomienda, en el Centro Cultural Santa Ana de Almendralejo. El sistema hasta el momento era pedir hora a la persona responsable (enormemente amable y colaboradora, por cierto) y acceder a unas vetustas máquinas de ver microfilm en los horarios que hubiera libres.
La segunda buena noticia es que recientemente, estos documentos de Extremadura han sido digitalizados y puestos a libre disposición en internet. El lugar es FamilySearch.org donde es posible buscar personas o catálogos de lugares. La forma de localizar qué hay de nuestro pueblo es la siguiente:

  • En la página principal: Buscar > Catálogo
  • En Lugar, escribir el nombre del pueblo; si existe algo sobre él, aparecerán opciones en la parte inferior de la entrada, por ejemplo:


  • Elegiremos la opción adecuada, desplegamos los documentos y vemos que, por ejemplo, de Zalamea de la Serena tenemos registros parroquiales desde 1715 hasta 1922, además de registros notariales desde 1621.


  • Eligiendo los registros parroquiales accedemos a una página en cuya cabecera nos indican que hay cuatro rollos de microfilm guardados en Salt Lake City. En la parte inferior de la página nos vienen ya separados los libros de bautismos, matrimonios y defunciones. Si el icono que aparece a la derecha es una cámara fotográfica tenemos suerte: los registros están accesibles vía internet. Si es un rollo de película, seguimos teniendo que ir personalmente a la biblioteca mencionada antes.



  • Finalmente, pinchando sobre el rollo entraremos en una aplicación con las fotos de cada página:


No es raro encontrarse con bloques de dos mil páginas por lo que, si no tenemos pistas claras de las fechas que hay que buscar, hay que armarse de paciencia e ir poco a poco pasando de página en página hasta encontrar la entrada que nos interesa y rellenar un hueco más en el árbol de antepasados. La imagen de abajo es uno de estos hallazgos, un antecesor de mi mujer llamado Juan de Dios, nacido el 4 de diciembre de 1804, hijo de Francisco Lombardo y Ana Alexos, nieto por la parte paterna de Cristóbal Lombardo e Inés Granada y por la materna de Bartolomé Alexos y María (indescifrable), todos vecinos y naturales de Campillo de Llerena.


Vereis que no aparece la edad de los padres ni de los abuelos; bueno, pues mala suerte, para buscarlos habrá que estimar un periodo razonable y mirar página a página. Algunas recomendaciones:

  • usa una pantalla grande para ir barriendo las imágenes sin dejarte la vista en el proceso.
  • la aplicación es muy buena pero se beneficia de un buena conexión a internet.
  • no te fíes de los índices y de los títulos ya que me he encontrado con cosas fuera de sitio que resultaron ser la solución al problema.
  • haz un índice de las secciones del microfilm y apunta los años de comienzo y fin de cada una de ellas.
  • hay páginas bien conservadas y con una caligrafía excelente; otras no, a veces se han estropeado, desteñido o roto y en otras ocasiones la letra del párroco dejaba mucho que desear, no tiene solución pero por suerte son un porcentaje pequeño del total.
  • cuando encuentres la página con el registro que buscas, descárgala y consérvala.
  • usa un programa específico para ir rellenando los árboles genealógicos, FamilySearch integra uno al que puedes anexar los documentos que vas encontrando. Otro excelente es Family Tree Builder.
  • haz tu árbol antes de que sea tarde, de que tus parientes mayores desaparezcan y ya no te puedan contar cosas, escanea las fotos familiares, recupera documentos... merece la pena.

18 junio 2017

Memoria grabada

Ayer tuvo 86400 segundos ¿cuántos recordáis? ¿Y del mismo día de hace un año? ¿Recordamos algo del 10 de junio de 2016? No hace falta insistir demasiado para, llevando este mínimo experimento hacia atrás en un muestreo caprichoso, llegar a la conclusión de que, redondeando, no recordamos nada de nuestra vida: 0.0%. Tendríamos que bajar al quinto o sexto decimal para encontrar la primera cifra significativa. En mi caso ni me atrevo a estimar esa posición ya que soy la antítesis de Ireneo Funes, el memorioso de Borges.
La cuestión se pone aún más inquietante cuando esos mínimos recuerdos que nos llegan ni siquiera son fieles, sino distorsiones introducidas por el tiempo y por nuestras propias sensaciones y deseos. El hecho real se perdió, nos queda apenas un montaje teatral, esquemático y sesgado, que recreamos cada vez que lo recordamos. El recuerdo, traído al presente, nunca vuelve intacto a la memoria: o se añade algo o algo se pierde, sea en el hecho mismo o en el escenario en el que se produjo. Son más lo que queremos que sean que lo que realmente fueron.
Este verano voy a iniciar un experimento mínimo. He comprado una pequeña cámara de grabación continua y pretendo usarla, ya veremos hasta qué punto, en las visitas y desplazamientos. Luego haré una selección, eliminando una parte. O no, quién sabe. El caso es que hoy daría mucho por poder rehacer un paseo por Argos, por vernos de nuevo en las cenas del verano de Nauplia o, sin ir tan lejos, volver a pasear por Pome o por Angón o descender a toda velocidad por los pedreros del Mampodre.
Es cuestión de tiempo que llevemos una cámara minúscula encima con la que amplificar la memoria, con la que fijar el tiempo que pasa. Luego podremos conservar el recuerdo o condenarlo al olvido, como hacemos hoy, sin tener otra opción, con ese casi cien por cien de lo que nos pasa. Tal vez eso, cuando ocurra, tenga un efecto secundario que podría ser más importante que la propia memoria: cuando nos demos cuenta de que borramos el 99% de lo que hemos grabado cada día por considerarlo intrascendente hasta para el recuerdo, demos más importancia al tiempo que transcurre y a aprovecharlo con experiencias dignas de ser conservadas.

Playa de Buelna, Llanes, invierno de finales de los 80.

10 junio 2017

Apellidos

Tener un nombre es un efecto de la potestad de los padres pero los apellidos no son caprichosos, son el reflejo de la historia de tus antepasados en los últimos cinco siglos, más o menos. Casi nadie ha conocido a sus ascendientes más allá de dos o tres generaciones pero la cadena, obviamente, es inmensamente más larga, tanto que supera los tres mil millones de años y pasa por una cantidad mayoritaria de ancestros que ni siquiera tenían forma humana.
Reconozco que nunca tuve curiosidad por mirar hacia atrás en mi árbol genealógico. Hoy me parece extraño pero nunca me paré a pensar que podría ser interesante poner nombre y lugar a personas concretas sin las cuales yo no hubiera existido.
Un día, no hace mucho, encargaron a mi hijo, como trabajo de una asignatura de sociología en la universidad, que investigara de dónde venía ese extraño apellido que compartimos. Fue en ese momento cuando se me despertó la curiosidad y comencé a intuir que mirar hacia atrás podría interpretarse incluso como un gesto de reconocimiento ante gente cuya vida permitió que la cadena que me une a cualquier remoto antepasado no se rompiera.
Dediqué horas sueltas y fines de semana a rastrear el pasado. Lamentablemente, todos mis parientes próximos habían muerto ya, lo que supuso una pérdida irreparable en cuanto a la información que hubieran podido darme, especialmente por alguno que mantuvo una memoria privilegiada hasta el fin de sus días. Sin ese recurso, el procedimiento comienza por conseguir todos los certificados de nacimiento posibles de padres y abuelos. Difícil llegar más allá porque los registros civiles comenzaron en España hacia 1870. Por esa vía, partí de mi padre, Francisco (1928, Zaragoza - 2000, Avilés) y llegué a mi abuelo, igualmente Francisco Felicísimo González (1893, Villafranca del Ebro - 1957, Barcelona), a quien no llegué a conocer y del que ni siquiera tengo una fotografía. El contraste debió de ser notable: mi padre, extremadamente conservador y con pánico al conflicto social, ante mi abuelo, del que me enteré por periódicos de la época que era considerado un peligroso sindicalista. Tal vez por eso mi padre apenas me habló de él. Entre las pocas cosas que me dijo estaban que se había suicidado cuando en un hospital de Barcelona le dijeron que tenía cáncer, que había ayudado a mucha gente en la guerra civil y que su fidelidad a mi abuela dejaba mucho que desear. Pocos detalles para siquiera intuir una personalidad tan cercana y a la vez tan desconocida.
Poco a poco, acudiendo ya a internet, cuyos recovecos son sorprendentes, seguí retrocediendo. Mi bisabuelo, Javier Felicísimo Aparicio, nació en 1866 en Escatrón, un pueblo de Zaragoza. Encontré documentos que me revelaron que estudió para maestro en la universidad de Zaragoza entre 1877 y 1880 y que luego ejerció en varios lugares: aparece en Codo, un pueblecito al sur de Zaragoza, en 1888; en febrero de 1891 toma posesión de la plaza de maestro en Ayerbe, más al norte, en la provincia de Huesca, donde sigue hasta 1910; en 1911 se le nombra maestro en una escuela de Haro, Logroño donde se quedó hasta jubilarse “por edad” en 1923.
Incidentalmente, en un censo de Aragón de 1934, aparece un hermano llamado José Felicísimo Aparicio (con 72 años y nacido, por tanto, en 1862) y María Felicísimo González (con 44 años y nacida en 1890). Ambos viven en la misma casa de la Plaza del Pilar en Zaragoza y parece probable que María sea la sobrina de José. Es inquietante pensar que las biografías de José y de María, tan intensas como las de cualquiera y posiblemente más largas que las de muchos, han quedado reducidas a esta fugaz aparición en un único documento.
El penúltimo eslabón con nombre aparece en un censo de Escatrón de 1860 y es Joaquín Felicísimo, “propietario y comerciante” y padre de Javier. Su segundo apellido es confuso, tal vez Adán. Por su edad en ese momento, nació entre 1832 y 1834, probablemente en el mismo Escatrón, por lo que comentaré a continuación. En este censo aparece su mujer, María Aparicio Asensio (24 años, nacida por tanto en 1836) y un hijo, Román Felicísimo Aparicio, nacido ese mismo año, 1860, y hermano de Javier, el maestro, que nacería 6 años más tarde.
Aquí se terminaba la pista ya que no parece haber registros parroquiales en esta zona, destruidos eficazmente en guerras o accidentes. Sin embargo, un afortunado hallazgo añadió un dato más: en una búsqueda en el archivo general de Aragón, digitalizado parcialmente, surgieron dos registros de pleitos. Luego, en un periódico local, una reseña. Aparecía un tal Jorge Felicísimo, vecino de Escatrón, que según los datos, debió nacer entre 1750 y 1755 ya que se le atribuían “cerca de 70 años” en 1820. Por la rareza del apellido, caben pocas dudas de que Jorge fuera ancestro directo de Joaquín pero sus nacimientos están separados por un siglo. Sería, por tanto, su bisabuelo o tatarabuelo, faltando dos o tres eslabones intermedios en la cadena. Sólo hay un pequeño fragmento más: Ramona Felicísimo (segundo apellido confuso, tal vez Lalmolda) aparece casada en el mismo pueblo con 62 años en el censo de 1860; nació, por tanto, sobre 1798. Ramona fue, probablemente, tía de Joaquín.
Pedí los expedientes digitalizados y aparecieron dos pistas más sobre el eslabón desconectado: Jorge era vecino y “labrador” pero no propietario de tierras y su apellido se escribía de vez en cuando con dos eses, Felicissimo. Este último detalle hizo que me planteara si Felicissimo era un apellido de origen italiano, sin raíces locales, lo que explicaría su rareza en estos lares. Esta idea era en aquel momento sólo una elucubración pero fue confirmada con otros pequeños hallazgos.
El primero fue el resultado de buscar el apellido en Italia mediante páginas web: hay una docena de Felicissimo, la mayoría en la zona central: Lazio, Roma y l’Aquila. Hoy creo que Jorge Felicísimo fue un emigrante que en la segunda mitad del siglo XVIII decidió cruzar el mar Tirreno y acabar, por alguna razón que nunca sabremos, en un pueblo como Escatrón, a la orilla del Ebro.
Finalmente, una búsqueda casual en la Wikipedia italiana me orientó sobre el origen, un tanto más remoto, de mi apellido: como otros muchos es el de una familia romana. Felicissimus ya existía como nombre familiar o gens en el siglo III, habiendo sido uno de ellos encargado de finanzas durante el mandato del emperador Aureliano. Murió en una revuelta en el año 271. No es posible saber si la línea paterna viene precisamente de este gens pero sí, al menos, está claro que el apellido existía en la Roma del siglo III lo que refuerza la hipótesis italiana.
Podemos ver que la mirada hacia atrás se va complicando. Cada vez son más escasas las fuentes, más aleatorias y más parcas en detalles. A eso añadiremos que he descrito solamente una línea genealógica, la paterna directa, pero la realidad es mucho más compleja ya que se trata de un árbol en el que cada rama de divide en dos en cada generación según viajamos hacia el pasado. Hoy veo con verdadera pesadumbre no poder poner nombre a mis ancestros ni saber dónde nacieron, vivieron y murieron.
Sorprendentemente, hace unos pocos años irrumpieron en el panorama genealógico las herramientas relacionadas con el ADN. Un frotis del interior de la boca puede revelar un origen probable y encajar dentro de un árbol de mutaciones específicas bastante elaborado. Hace un par de años encargué un análisis de este tipo que va dando, poco a poco, resultados. Mi haplogrupo paterno, derivado del cromosoma Y, según el Genographic Project de la National Geographic se movió en las líneas blancas de la imagen de abajo y está distribuido con una densidad máxima en las zonas rojizas. La última rama del grupo surgió hace unos 6000 años cerca del actual Líbano. En el norte de África, la máxima frecuencia es entre los bereberes de Marruecos y algunas poblaciones tuareg. En Europa las zonas de influencia están claras: centro de Italia y Grecia, sur de Sicilia, Baleares y Península Ibérica. Nada que ver, por cierto, con mi línea materna cuya historia puede seguirse por el ADN mitocondrial y del que hablaré, tal vez, otro día.


Hoy sabemos que nuestro origen primigenio fue africano. El género Homo nació allí hace unos trescientos mil años y se dispersó por todo el mundo en varias diásporas que se diversificaron en diferentes especies y en una épica grandiosa que algunos llamamos el Gran Viaje. Cuando mis ancestros llegaron a Europa era ya tarde, la glaciación no era ni siquiera un recuerdo, los neandertales llavaban extintos miles de años e incluso los vestigios de los primeros cazadores-recolectores estaban fuertemente diluidos. Los nuevos inmigrantes trajeron las primeras técnicas de agricultura hace unos 8000 años, desarrolladas ya en el Medio Este, y llegaron para quedarse y que nosotros existiéramos hoy. Nuestro origen lejano y confuso es un recuerdo de que las patrias son sentimientos efímeros, de que todos compartimos antepasados y de que buscar la diferencia cuando usamos un marco temporal de cien mil años es un ejercicio poco menos que ridículo.

03 junio 2017

Inmortalidad

Si alguien nota un parecido entre este artículo y el que escribió recientemente Antonio Rodríguez de la Heras, que sepa que no es casual, que fue el estímulo para exponer mi visión sobre la obsesión que nos ha perturbado desde el principio de nuestra historia consciente: no ser olvidados.

Durante decenas de miles de años, ningún humano tuvo la más mínima opción de que se le recordara más allá de un par de generaciones. Tal vez alrededor de un fuego se contaran historias de antepasados pero incluso éstas se acaban perdiendo en la voluble y nada fiable memoria colectiva.
De esa época tenemos restos fósiles (desde la famosa Lucy hasta los exiguos fragmentos del hombre de Denisova, pasando por nuestros primos neandertales) y otros aún más emotivos, como las huellas de Laetoli a las que hacía referencia el artículo mencionado en la cabecera. Son restos, sin embargo, fuera de la memoria colectiva, sin nombre y muy escasos. Son huellas que pasaron un larguísimo periodo antes de ser rescatadas pero que nunca fueron recordadas por sus semejantes ni por sus contemporáneos.
Tuvo que llegar la escritura para que algunos privilegiados pudieran perdurar algo más en el recuerdo de su sociedad siendo, por ejemplo, cabeza de un imperio. Hoy están grabados en piedra o en arcilla los nombres y las hazañas, reales o inventadas, de personajes de hace más de cuatro mil años, como el rey Narmer, que reinó en el siglo XXXI a.C. en el Antiguo Egipto, Lugalzagesi, rey en Mesopotamia en el siglo XXIV a.C. o Sargón, creador del primer imperio conocido, el acadio, en el siglo XXIII a.C.
Un poco más cerca tenemos emocionantes, aunque siempre casuales, retazos del pasado. Los retratos funerarios de El Fayum son representaciones naturalistas de los fallecidos que, sospecho, nunca hubieran imaginado que dos mil años más tarde podrían ser objeto de observación asombrada y, porqué no, fascinada. Pero son, de nuevo, anónimos en el sentido de que sólo han salido a la luz tras dos milenios de olvido.

Uno de los retratos funerarios de El Fayum.
Ya he escrito en alguna ocasión que la auténtica revolución del recuerdo como objetivo fue la fotografía. Los retratos de El Fayum, como todo el arte de los últimos milenios, han tenido como limitación la enorme inversión que cada obra exigía. Tanto el retrato pintado como esculpido era obra de semanas, meses o años de trabajo por lo que, de nuevo y con excepciones caprichosas, sólo los adinerados podían aspirar a dejar su imagen para la posteridad y alargar el casi inevitable momento en el que son olvidados. La fotografía extendió el manto de la inmortalidad a millones de personas, especialmente en los últimos años. Lamentablemente, aún no somos del todo conscientes de que llevamos encima, permanentemente, una máquina de captar y conservar momentos y hacerlos perdurar de forma potencialmente ilimitada: una máquina que transforma en inmortal todo lo que captura.
Todo esto, de nuevo, es una red en la oscuridad con nodos que se encienden y se apagan: millones de fotos son tomadas cada hora y, por lo tanto, milllones de instantes se iluminan en ese espacio casi vacío que es el recuerdo de lo que pasó. Pero también millones de fotos se pierden, se borran cada día, con lo que sus luces se extinguen para siempre. Aún así, la huella del pasado es hoy inmensamente más detallada y densa que lo fue nunca.
Hoy todo ha cambiado de nuevo y esa inmortalidad que ha sido el oscuro objeto del deseo desde milenios está a nuestro alcance aunque en una versión que era impredecible. La memoria colectiva ya no es de transmisión oral y la escritura tampoco está limitada: todo puede ser difundido es esa red caótica y sin forma que es internet. No descubro nada nuevo, por supuesto, y ya hace años que dejo mi huella a través de fotografías y de escritos pero un día reparé en un detalle inesperado: estaba leyendo un documento técnico y encontré copiados literalmente varios párrafos de algo que escribí hace un par de décadas. El hecho de que no hubiera cita al original podría parecer algo inadecuado pero, como siempre, todo depende del color del cristal a través del cual miras: esos textos anonimizados (o con autoría cambiada) tienen su genealogía. Oculta, por supuesto, pero real. Son huellas de nosotros mismos que se han lanzado al espacio y cuya trayectoria es imposible de prever: pueden desaparecer o pueden multiplicarse, ser copiadas o adaptadas… Son como aquellas cápsulas con bacterias que en una novela de ciencia ficción se lanzaban al espacio profundo con la intención de que, al menos alguna, acabara cayendo en un hábitat adecuado y evolucionara creando un nuevo ecosistema.
Esos textos sin autor son nuestra huella de Laetoli, nuestro particular gen digital difundiéndose o extinguiéndose en un ecosistema con reglas distintas. Sólo nos queda un detalle: hoy podemos cuidar y configurar esa huella de forma que lo que perdure de nosotros, con su genealogía oculta, no sea sólo una parodia de lo que fuimos.
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