16 junio 2006

El sentido de la vida: guión biográfico con final previsible (III)

Entrada casi metafísica porque para hablar del sentido de la vida hay que hablar de la vida

Las especies aparecen y desaparecen en el tiempo y el espacio, ninguna conoce la eternidad porque eso queda para las deidades, en la vida real lo que cambia permanece y lo que no cambia desaparece. La mayor o menor permanencia de una especie depende de dos factores: su adaptabilidad a los cambios del ambiente o, alternativamente, su capacidad de aislarse de las condiciones limitantes del entorno. Algunas especies adoptan la estrategia de perfecta adaptación y evolucionan hacia la perfección en un ambiente concreto, como los tiburones, cuyos genes han permanecido inalterados millones de años. Otras exploran la diversidad y viven de y sobre un cambio genético vertiginoso, como las bacterias, lo que les permite vivir y morir en toda circunstancia pero nunca desaparecer. Ambas estrategias tienen su coste y sus riesgos. La primera sólo es útil en medios estables: pocos individuos, poderosos en su individualidad pero sensibles ante cambios globales en su totalidad. La segunda es útil en medios imprevisibles: gigantescas poblaciones, frágiles localmente pero inatacables globalmente. Hay que destacar una vía más, fascinante y extraordinaria: la evolución ha experimentado también hacia la creación de metaorganismos: el patrimonio genético de los millones de hormigas de una gran colonia es casi idéntico y la pérdida de individualidad completa en beneficio del metaorganismo que es la unión de todos en un todo. Pero esto es un estadio avanzado de la vida que tuvo un principio, probablemente muchos principios. Detractores de la evolución manifiestan la improbabilidad de que la vida surja del azar. Y tienen razón. Porque la materia no se comporta de un modo tan simple. Mirando alrededor podemos intuir cada vez con más claridad una tendencia imparable hacia la complejidad. El motor es la selección natural: anula lo gris y hace prevalecer lo que puede adaptarse al entorno. El mecanismo es automático y casi tautológico: lo vivo tiende a seguir vivo y la selección lo facilita y lo potencia. Lo que hoy vemos en nuestro planeta no es más que una instantánea de una película que comenzó hace unos 3000 millones de años y durante la cual ha habido media docena de extinciones masivas sin que ello haya perjudicado a la flecha de la evolución, imparable y siempre implacable.

Los experimentos de la vida en este periodo han sido muchos y variados pero bajo la constante de explorar la complejidad. Un experimento de gran éxito fue el de la endosimbiosis que probablemente originó las células eucariotas. Pero nosotros mismos somos resultado de la fusión de células individuales que permiten la aparición de propiedades emergentes de un conjunto que, como el hormiguero, es más que la mera suma de sus partes. Otros experimentos han resultado fallidos, por causas internas o externas, como las grandes extinciones, de las cuales sólo nos resulta familiar la última, que acabó con los dinosaurios y permitió que comenzara la era de los mamíferos. La vida siguió adelante incluso después de la más masiva extinción que ha conocido la Tierra, en la transición entre el Pérmico y el Triásico, hace uno 250 millones de años.

Lo que pretendo decir con esto es que la vida no sólo no es una casualidad sino que es una consecuencia inevitable de la selección ejercida a nivel molecular, individual y poblacional. Como dice Wagensberg en “La rebelión de las formas”:

“Lo inerte está y tiende a seguir estando, lo vivo vive y tiende a seguir viviendo, y lo culto conoce y tiende a seguir conociendo.”

Yo añado que lo inerte, lo vivo y lo pensante no son más que escalones en la escalera de la complejidad, larga, cambiante y llena de bifurcaciones. Y que cada uno lleva al siguiente de forma inevitable, sólo es una cuestión de tiempo y de dejar actuar (qué remedio) a la leyes físicas.

Visto esto, nuestra perspectiva como individuos y como especie en este mundo puede cambiar. No somos un accidente, somos una consecuencia de la existencia de la propia materia. Pero tampoco la vida será eterna porque para mantenerse necesita un universo heterogéneo, desequilibrado, cambiante, vivo... Y eso es lo que hay ahora, disfrutémoslo.

Esta perspectiva hace que personalmente haya adoptado una ética vital (no se me ocurre mejor nombre) donde lo deseable se alinea con la tendencia a la complejidad y lo indeseable nos acercaría a la muerte, donde no hay desequilibrio: es el pecado de oponerse a la evolución. “No destruyas la complejidad” sería el primer y casi único mandamiento.

Pero hay más. Nuestra especie es pensante, ha conseguido una herramienta extraordinaria que nos permite reflexionar sobre donde estamos y qué somos. Y creo que la selección se aplica también a esta nueva esfera de complejidad, pero eso lo dejo para otra ocasión.

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