14 mayo 2006

El sentido de la vida, guión biográfico con final previsible (I)

Donde se manifiesta lo difícil de educar y lo frágil de la cadena del conocimiento

Después de que Juan Carlos Bujanda filosofara, en el mejor sentido de la palabra, sobre el sentido de la vida, hoy me toca a mí. En realidad, ya lo ha dicho casi todo Juan Carlos Ortega con el solo título de su último libro: “Morirse es una mierda”. Amén. Pero para no ser tan breve intentaré comentarles con algo más de detalle mi manera de ver este enojoso asunto. Para ello redactaré dos o tres entradas lo menos plastas posible remarcando tres o cuatro puntos clave en mi manera actual de ser y actuar. Para la primera pista hay que retroceder unos años y comentar brevemente dos libros.
El primero era una novela ambientada entre indios americanos, allá hace un par de siglos. Lamentablemente no me acuerdo del título, hace tiempo que la leí. La historia tomaba la forma de saga donde un niño crecía y aprendía, entraba como aprendiz con el chamán, avanzaba en el conocimiento, acababa sucediéndolo a su muerte y tomaba, a su vez, un nuevo aprendiz.
La novela estaba bien armada y entre sus momentos cruciales está aquel donde el aprendiz le pregunta al chamán porqué las ceremonias tenían que hacerse siguiendo un ritual concreto, a veces aterrador o cruel. Y el chamán le dice que el pueblo necesita el ritual para “sentir” la ceremonia y tal vez, de vez en cuando, aprovecharla pero que las formas y los símbolos no tienen importancia, son sólo herramientas útiles. Y él, que ha llegado a poder formular esa pregunta, no debe nunca confundir lo importante, comprender, con el mero ritual, adorno mnemotécnico carente de contenido.
Finalmente, el aprendiz se da cuenta, y ese el verdadero punto sin retorno, que los chamanes son los que guían al pueblo porque están por encima del miedo y de la superstición, lo que les permite comprender mejor el mundo, nada esotérico o mágico. Así de simple, o de complicado.
Pero la cosa que me hizo pensar fue que el antiguo aprendiz, convertido en chamán por el puro transcurso del tiempo, debe tomar un nuevo aprendiz. Y la educación de éste debe repetir, una vez más en una cadena interminable y partiendo de cero, un camino que lleva a superar la superstición, los miedos y la tradición ritual para, desde ésta, ser un guía durante una etapa más en la vida del grupo.
El aspecto más desolador era que todos los chamanes conocían la fragilidad de su ciclo, basado en la comunicación oral porque no tenían lengua escrita. Media docena de ciclos con buenos aprendices y con suerte suponían un avance en el pensamiento común. Una muerte a destiempo rompía la cadena de la educación y devolvía a la tribu completa a la oscuridad del desconocimiento.

El segundo libro es mucho más conocido: “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. No voy a comentar su nudo, conocido por todos, pero sí su desenlace: la biblioteca arde, y con ella el conocimiento allí recogido. Cierto que ese conocimiento era ignorado por casi todos y custodiado por el bibliotecario Jorge de Burgos que se cuidaba de que nadie cuestionara la tradición. Así, los monjes se limitaban al trabajo de copia, mera forma sin comprensión. Pero el solo hecho de existir deja una puerta abierta a la esperanza de una futura lectura. Jorge trunca esa esperanza de forma irreversible.
Pero hay más. El segundo motivo de desolación no se muestra explícitamente pero a mí me sigue pareciendo la clave de la narración: el libro es un relato contado por el discípulo de Guillermo de Baskerville, Adso de Melk, que pasados los años y cerca de la muerte, rememora lo más trascendente que experimentó en su vida. Y el punto clave para mí es que Guillermo, racionalista y casi librepensador en la medida que lo permitía su época, fracasó en su tarea educativa: Adso de Melk, ya viejo, no ha entendido nada de los principios que su maestro intentó inculcarle y redacta sus memorias limitado por unos prejuicios que nunca supo ni pudo abandonar. Siente respeto por Guillermo, pero desde la más absoluta incomprensión. La desaparición de Guillermo es como el fracaso del chamán, que trae de nuevo la oscuridad y apaga las esperanzas de progreso.

De estos dos libros se desprenden las ideas, tal vez sólo interpretación mía, de lo difícil de avanzar en el conocimiento y de lo frágil de darle continuidad a esa tarea. Reconocido esto hemos puesto la primera piedra de nuestro particular periscopio de ver el mundo.

3 comentarios:

Gatopardo dijo...

No hay un solo maestro de quien aprender, y no hay un único depositario de lo que nos será dado comprender.
Y cuando parece haberlo es porque se equivoca el maestro o el discípulo o el narrador.
Interesante bitácora.

Angel dijo...

Ese es el logro de la escritura, la auténtica revolución humana: permitir la multiplicidad de maestros y de aprendices, romper la cadena o participar en muchas a la vez. La segunda entrada probablemente va por este camino.

Leonardo Bravo dijo...

Te invito a mi blog creo que te puede interesar: http://www.sentidodelaexistencia.blogspot.com/

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